«Vete a comer y a beber, pues ya
se oye el ruido de la lluvia» le había dicho Elías a Ajab. Ajab así lo
hizo mientras Elías subió a la cumbre del monte Carmelo y arrodillado tocaba la
tierra con su cabeza y oraba para que cayese la lluvia. Entonces le dijo a su
criado:»Ve a divisar el mar». El criado fue a ver y le dijo: «No
se ve nada». Elías insistió: «Ve otra vez» y el criado volvió hasta
siete veces y a la séptima regresó diciendo: «Una nubecilla, como la palma
de la mano, sube del mar». Entonces Elías le dijo: «Ve a decirle a
Ajab que enganche su carro y se vaya, para que no lo detenga la lluvia». Y
en un instante el cielo se oscureció de nubes, empezó a soplar el viento y cayó
un fuerte aguacero.
(Primer
Libro de los Reyes 18, 41-46)”


De esa manera empezó todo. Octubre fue
finalmente generoso con La Janda. Comenzó esparciendo lluvias regulares sobre sus
llanos y en la tierra, reblandecida y empapada, las semillas, dormidas durante
tantos meses, germinaron rápidamente con la templanza de las temperaturas. Muy pronto
verdearon los campos y una vez más se producía el milagro, quizás de San Elías;
brotaba con fuerza la vida, renaciendo la esperanza, cuando parecía que todo había
llegaba a su fin.



Pasada una semana “el parte de las
diez” de radio nacional, antes de finalizar con los gritos de ¡viva Franco!,
¡Arriba España! anunció el tiempo: “temporal y marejada en el Estrecho” y el
cielo entonces, negro por los cuatro puntos cardinales, reventó lloviendo a
mares.



Fray Antonio que, después de la misa del
domingo en la iglesia de la aldea, estaba a punto de regresar a su desierto en
las ruinas del Cuervo, a ruegos de las señoras, decidió quedarse en aquella
casa a la espera de que amainase el temporal.



 A las pocas horas, de Facinas y Tahibilla, de
las Sierras de Ojén y de Fates, el río Almodóvar, ayer un seco regato, bajaba
pleno descargando por la zona más occidental de la cuenca del Barbate.



El Celemín, tres o cuatro charcas
aisladas hacia solo unos días, en su curso de pocos kilómetros, oculto entre
los alcornoques y las enormes adelfas que florecían en sus márgenes, bajaba
enfurecido el enorme caudal de su preciosa agua vertiéndola en mitad de la laguna
arrastrando desde Sierra Blanquilla, las cepas y hornillos de los carboneros y
las pilas de corcho, que a en el monte, a pie de árbol, esperaban su recogida y
transportadas.


El Barbate desde la sierra del Aljibe,
al este, en su cauce ancho, clavado unos cinco metros en el depósito aluvial de
su vega, amarillento y pleno de orilla a orilla, insuficiente para tamaña
riada, bajaba al día siguiente rebosando las márgenes en las curvas de sus
meandros: “Muy pronto se inundará toda la vega”, afirmaba la gente que salía
del bar de enfrente a mirar desde La Alameda. “¿Pasará la “riá” por encima del
puente?” se preguntaba.





Las tierra, saciada, escurría por todos
sitios las aguas que caían en tromba y a la intemperie, sobre  el suelo arcilloso y reblandecido, enjutos y
hambrientos, los animales, resistían las inclemencias, mojados y ateridos de
frío, buscando refugio bajo los vallados de tunas, los acebuches y los
alcornoques de la sierra. Algunos, ya sin fuerza, atollados en el barro de la
vega, aguardaban su final, clavados e inmóviles como estatuas.

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