«Vete a comer y a beber, pues ya
se oye el ruido de la lluvia» le había dicho Elías a Ajab. Ajab así lo
hizo mientras Elías subió a la cumbre del monte Carmelo y arrodillado tocaba la
tierra con su cabeza y oraba para que cayese la lluvia. Entonces le dijo a su
criado:»Ve a divisar el mar». El criado fue a ver y le dijo: «No
se ve nada». Elías insistió: «Ve otra vez» y el criado volvió hasta
siete veces y a la séptima regresó diciendo: «Una nubecilla, como la palma
de la mano, sube del mar». Entonces Elías le dijo: «Ve a decirle a
Ajab que enganche su carro y se vaya, para que no lo detenga la lluvia». Y
en un instante el cielo se oscureció de nubes, empezó a soplar el viento y cayó
un fuerte aguacero.
se oye el ruido de la lluvia» le había dicho Elías a Ajab. Ajab así lo
hizo mientras Elías subió a la cumbre del monte Carmelo y arrodillado tocaba la
tierra con su cabeza y oraba para que cayese la lluvia. Entonces le dijo a su
criado:»Ve a divisar el mar». El criado fue a ver y le dijo: «No
se ve nada». Elías insistió: «Ve otra vez» y el criado volvió hasta
siete veces y a la séptima regresó diciendo: «Una nubecilla, como la palma
de la mano, sube del mar». Entonces Elías le dijo: «Ve a decirle a
Ajab que enganche su carro y se vaya, para que no lo detenga la lluvia». Y
en un instante el cielo se oscureció de nubes, empezó a soplar el viento y cayó
un fuerte aguacero.
(Primer
Libro de los Reyes 18, 41-46)”
Libro de los Reyes 18, 41-46)”
De esa manera empezó todo. Octubre fue
finalmente generoso con La Janda. Comenzó esparciendo lluvias regulares sobre sus
llanos y en la tierra, reblandecida y empapada, las semillas, dormidas durante
tantos meses, germinaron rápidamente con la templanza de las temperaturas. Muy pronto
verdearon los campos y una vez más se producía el milagro, quizás de San Elías;
brotaba con fuerza la vida, renaciendo la esperanza, cuando parecía que todo había
llegaba a su fin.
finalmente generoso con La Janda. Comenzó esparciendo lluvias regulares sobre sus
llanos y en la tierra, reblandecida y empapada, las semillas, dormidas durante
tantos meses, germinaron rápidamente con la templanza de las temperaturas. Muy pronto
verdearon los campos y una vez más se producía el milagro, quizás de San Elías;
brotaba con fuerza la vida, renaciendo la esperanza, cuando parecía que todo había
llegaba a su fin.
Pasada una semana “el parte de las
diez” de radio nacional, antes de finalizar con los gritos de ¡viva Franco!,
¡Arriba España! anunció el tiempo: “temporal y marejada en el Estrecho” y el
cielo entonces, negro por los cuatro puntos cardinales, reventó lloviendo a
mares.
diez” de radio nacional, antes de finalizar con los gritos de ¡viva Franco!,
¡Arriba España! anunció el tiempo: “temporal y marejada en el Estrecho” y el
cielo entonces, negro por los cuatro puntos cardinales, reventó lloviendo a
mares.
Fray Antonio que, después de la misa del
domingo en la iglesia de la aldea, estaba a punto de regresar a su desierto en
las ruinas del Cuervo, a ruegos de las señoras, decidió quedarse en aquella
casa a la espera de que amainase el temporal.
domingo en la iglesia de la aldea, estaba a punto de regresar a su desierto en
las ruinas del Cuervo, a ruegos de las señoras, decidió quedarse en aquella
casa a la espera de que amainase el temporal.
A las pocas horas, de Facinas y Tahibilla, de
las Sierras de Ojén y de Fates, el río Almodóvar, ayer un seco regato, bajaba
pleno descargando por la zona más occidental de la cuenca del Barbate.
las Sierras de Ojén y de Fates, el río Almodóvar, ayer un seco regato, bajaba
pleno descargando por la zona más occidental de la cuenca del Barbate.
El Celemín, tres o cuatro charcas
aisladas hacia solo unos días, en su curso de pocos kilómetros, oculto entre
los alcornoques y las enormes adelfas que florecían en sus márgenes, bajaba
enfurecido el enorme caudal de su preciosa agua vertiéndola en mitad de la laguna
arrastrando desde Sierra Blanquilla, las cepas y hornillos de los carboneros y
las pilas de corcho, que a en el monte, a pie de árbol, esperaban su recogida y
transportadas.
aisladas hacia solo unos días, en su curso de pocos kilómetros, oculto entre
los alcornoques y las enormes adelfas que florecían en sus márgenes, bajaba
enfurecido el enorme caudal de su preciosa agua vertiéndola en mitad de la laguna
arrastrando desde Sierra Blanquilla, las cepas y hornillos de los carboneros y
las pilas de corcho, que a en el monte, a pie de árbol, esperaban su recogida y
transportadas.
El Barbate desde la sierra del Aljibe,
al este, en su cauce ancho, clavado unos cinco metros en el depósito aluvial de
su vega, amarillento y pleno de orilla a orilla, insuficiente para tamaña
riada, bajaba al día siguiente rebosando las márgenes en las curvas de sus
meandros: “Muy pronto se inundará toda la vega”, afirmaba la gente que salía
del bar de enfrente a mirar desde La Alameda. “¿Pasará la “riá” por encima del
puente?” se preguntaba.
al este, en su cauce ancho, clavado unos cinco metros en el depósito aluvial de
su vega, amarillento y pleno de orilla a orilla, insuficiente para tamaña
riada, bajaba al día siguiente rebosando las márgenes en las curvas de sus
meandros: “Muy pronto se inundará toda la vega”, afirmaba la gente que salía
del bar de enfrente a mirar desde La Alameda. “¿Pasará la “riá” por encima del
puente?” se preguntaba.
Las tierra, saciada, escurría por todos
sitios las aguas que caían en tromba y a la intemperie, sobre el suelo arcilloso y reblandecido, enjutos y
hambrientos, los animales, resistían las inclemencias, mojados y ateridos de
frío, buscando refugio bajo los vallados de tunas, los acebuches y los
alcornoques de la sierra. Algunos, ya sin fuerza, atollados en el barro de la
vega, aguardaban su final, clavados e inmóviles como estatuas.
sitios las aguas que caían en tromba y a la intemperie, sobre el suelo arcilloso y reblandecido, enjutos y
hambrientos, los animales, resistían las inclemencias, mojados y ateridos de
frío, buscando refugio bajo los vallados de tunas, los acebuches y los
alcornoques de la sierra. Algunos, ya sin fuerza, atollados en el barro de la
vega, aguardaban su final, clavados e inmóviles como estatuas.








