Van a cumplirse, en enero, 90 años de aquel laberinto de tinieblas que sigue siendo la matanza de Casas Viejas de enero de 1933. Casi un siglo después de aquella masacre, los agujeros negros de dicha historia siguen siendo considerables, a pesar de los esfuerzos de la historiografía, del periodismo y de la literatura por esclarecerlos. Quizá, como ocurre a menudo con la crónica de toda de la humanidad, jamás conozcamos a ciencia cierta qué ocurrió entonces y qué siguió ocurriendo: la realidad no responde a la matemática, sino a la técnica del mosaico, la reconstruimos a partir de teselas aisladas de testimonios, hemerotecas, documentos oficiales o recuerdos.

Así que quizá sepamos ya todo lo que podremos saber de ese caso abierto: que lo que constituyó uno de los símbolos de la represión contra el anarcosindicalismo español terminó recibiendo la condena unánime de todo el hemisferio a la izquierda del poder, aunque el Gobierno de la época, en aquella República niña de la que hablara María Zambrano, no supo reaccionar en tiempo y forma; que, fruto de ello, la opinión pública terminó decantando su voto hacia la derecha más rancia de la época, abriendo paso a partir de las elecciones del año siguiente al Bienio Negro y anticipando alguno de los tics que harían posible, tres años más tarde, el golpe de Estado contra la legitimidad republicana; que algún personaje que adquiriría notoriedad en la Granada del terrible verano del 36, como el capitán Rojas, ya estuvo presente en la quema del casarón de Seisdedos; y que, a pesar de Ramón J. Sender y de Miguel Hernández, de Gerard Brey o de Jerome Mintz, la leyenda sigue cargando de estereotipos a aquellos sucesos, a pesar de esfuerzos tan significativos como los de Tano Ramos a la hora de intentar fijar, no sin controversia, la verdad judicial de aquellos terribles acontecimientos.

Especial interés merece, en este contexto, el trabajo incansable de Salustiano Gutiérrez Baena, que consagró buena parte de su vida en hacer justicia histórica donde sólo hubo desmemoria, manipulación y olvido: tempranamente fallecido, a la edad de 58 años, acaban de cumplirse cinco años de la publicación de su libro Los sucesos de Casas Viejas: crónica de una derrota, en el que rescata los ecos en carne y alma de aquel terrible episodio que tanto marcó a mi generación y a la suya. Establecido en Casas Viejas durante media vida, inició una pesquisa personal que le llevó a recopilar las piezas de aquel puzle fieramente humano a través de las palabras de quienes conservaban, al menos, alguna remembranza personal o postiza sobre aquellos hechos terribles. Las fotografías con que acompañó su obra confirman el dramatismo de su relato y situaron a sus protagonistas en el kilómetro cero del espanto.

Crecí bajo esa penumbra, la del desconocimiento, la del runrún, la de las verdades a medias que terminan convirtiéndose en mentiras propagadas desde la oficialidad del franquismo. Cuando el dictador estaba a punto de expirar, en plena adolescencia, me aventaron aquellas sombras una amada amiga de lo que entonces seguía llamándose Benalup, Ana Sánchez; un llorado alcalaíno, Carlos Perales; y un superviviente de mi generación, Antonio Rodríguez Cabañas, que nació en Las Lomas. Con ellos triangulé el territorio del drama. Muchos años después, la pesquisa personal de Juan Pérez Silva, el hijo del anarcoperiodista y de la Libertaria, la muchacha que sobrevivió a las llamas y a la que encontró en un calabozo de Medina Sidonia, me hicieron tocar de cerca aquella tragedia. Él murió sin encontrar los restos de su madre, ocultada a sus propias entendederas durante una larga posguerra de simulación y miedo; fugitiva, ella, de Paterna de Rivera, hacia un mundo en llamas, el que abrió la insurrección de Franco. Se me antoja que ella, aún desaparecida, constituye una formidable metáfora de lo que ocurrió en Casas Viejas 90 años atrás: nos falta una pieza para completar el rompecabezas. Tal vez no la encontremos nunca, pero sabemos dónde está: en la resistencia, en la utopía, en el valor para afrontar los retos de hoy, sabiéndonos sin embargo herederos de las cenizas de la aldea del crimen. En 1933 no nació Casas Viejas, pero su formidable poder simbólico sigue tatuándonos el porvenir y el presente. Al menos para quienes todavía sepamos de qué es de lo que se habla cuando mencionamos su lugar en el espacio y en el tiempo.

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Fotografía: La unión de Miguel Pérez Cordón y María Silva Cruz, la Libertaria. Dos personajes muy importantes de los sucesos: él, de Paterna de Rivera; ella, de Casas Viejas. Ambos perdieron la vida en la Guerra Civil a mano de los golpistas. La fotografía se tomó en el local de la CNT de Cádiz, en 1933. (Fuente: familia Pérez Silva). [Información extraída de Los sucesos de Casas Viejas: crónica de una derrota, de Salustiano Gutiérrez Baena].

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