Entrega III


Las calles y callejones se convirtieron en ruidosas torrenteras que, desde los barrios más altos, al borde de la mesa, bajaban arrastrando piedras y ramas, rebosando “la corriente” que discurría por el centro de la aldea continuando su curso incontrolado hasta la vega. 


La gente, con la humedad metida en sus huesos, aguantaba dentro de casa. Los más pobres, en el interior de sus chozas, sentados en sus banquetas de troncos de acebuche, permanecían pacientes mirando de frente el cuadro de luz oscurecida que entraba por el único hueco de la vivienda, su puerta, mientras el agua ruidosa escurría por la cubierta de castañuela cayendo al regato perimetral recientemente cavado para evitar les entrase dentro.


En las viejas casas de mampostería chorreaban las paredes batidas por la lluvia y las cubiertas, algunas de techo plano y azotea, otras de tejas, no resistían las goteras lo que hacía necesario apartar enseres y camas de las habitaciones y colocar cacharros y palanganas para recoger el agua que entraba por el techo.


Después de cinco días y sus cinco noches cayendo autenticas cascadas de agua de forma ininterrumpida, al sexto, la madrugada de un sábado, paró de llover. Al fin escampó. El chorro de blanca luz que entraba por los cristales de la puerta balconera de la habitación, despertó al hermano Antonio sacándole de encima el agobio y la tristeza que le embargaba tras aquellos días de oscuridad y lluvia en los que parecía que Dios castigaba de nuevo la tierra con el Diluvio. A medio vestir, poniéndose las botas, mesándose la barba  y restregándose los ojos, sin lavarse siquiera la cara, se asomó a la terraza. 


Para entonces ya los rayos de sol, cálidos y dorados, apuntaban por el sureste recortando, a contraluz, las siluetas de los cerros de la sierra iluminando sus farallones rocosos y vistiendo de un intenso verde oscuro el bosque de alcornoques. En el cielo limpio, azul y encendido, en su ruta hacia el sur, una bandada de aves graznaba ruidosamente sobrevolando su cabeza. 


Como Noé, en el Arca encallada en el Monte Arafat, el hermano Antonio contemplaba ensimismado a sus pies la gran riada: un inmenso espejo de luz, un mar de agua de plata que todo lo ocultaba. Desde aquella atalaya, en vano, buscaba los manchones ocres y amarillos de los carrizos, de las juncias, las aneas, las espadañas y castañuelas de los, hasta ayer, sedientos humedales de La Janda. En vano buscaba la vega, el puente carretero del camino de la sierra, los tunares y cercas alambradas. Nada estaba ya allí. ¡Todo bajo las aguas!


Absorto, ante aquel milagroso escenario del agua y de la luz, una inmensa felicidad embriagaba su espíritu y arrodillado, con los brazos en cruz, daba gracias a Dios esperando que en su mano extendida se posase la paloma blanca de Noé con su rama de olivo en el pico.
Todas las fotos son de Mintz

Anterior Documental sobre los sucesos
Siguiente Las fotos de Malcocinado de Antonio Castellet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable: Juana Rosa Berbel.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a Webempresa que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Configurar y más información
Privacidad