Corraleta de Pepe Pareja y Antonia Márquez, en la calle La Torre, muy cerca de la calle Benalup. El casarón, la castañuela, las sillas de enea, la parra, el cántaro… nos hablan de lugares emblemáticos para Mintz, en los que él precisamente  pasó mucho tiempo en su estancia en Benalup de Sidonia, pues esta pareja fue importantísima para el trabajo que desarrolló Mintz en el pueblo. De hecho su hija Carla dice que Jerome los consideraba el padre y la madre que había perdido prematuramente. 
La vida en torno a los patios y las corraletas le llama mucho la atención a Mintz. Se trata de una transición entre el ámbito privado y público, pero pertenece al primero. Los mayoría de los jornaleros vivían todavía a finales de los sesenta y principio de los setenta en chozas o casarones. El espacio interior de este tipo de viviendas es reducido para las familias numerosas que lo habitan.

Estas viviendas se habían construido sin planificación previa; se hacen primero las chozas y casarones y después aparecerán las casas, por ello estos habitáculos tienen todos una corraleta asociada a múltiples funciones, tanto de socialización como económicas.  Debido a que las condiciones climatológicas lo permiten, la mayor parte del año la vida en la puerta de la choza tiene mucha importancia. El emparrado posibilita una temperatura fresca y agradable para realizar allí almuerzos durante el día y reuniones familiares y de amigos. La parra tenía una gran utilidad, pues además de dar sombra y hacer habitable el patio, en verano aportaba las uvas que se consumían de postre.

Antonia Márquez posa en la corraleta de su casa. Las flores, el barreño de cinc y; sobre todo, el emparrado demuestran la trascendencia que tenían en la vida diaria estos espacios.

Las flores es otro elemento fundamental en estos ranchos. Las mujeres las cuidan con especial esmero e interés, pues reflejan limpieza, vida y dan colorido a las chozas. Las siembran directamente al pie del cercado en su parte interior, en latas, macetas, cubos, o cualquier tiesto susceptible de ser reciclado.

En esta foto se pueden observar la anarquía y desorden en el que se sitúan las chozas y sus corraletas.
Primero se hacen estas y después aparecen las calles


Esta foto es de 1970. Las chozas se sitúan al final de la calle Nueva, esquina San Blas, hacia Calle Medina (hoy Independencia). El primer plano está ocupado por la choza de la familia de Francisco Cortabarra, teniendo la entrada por la parra. La que hace esquina entre la calle Nueva y la de San Blas era de José González y Josefa Cantero (“los Rechinos”). En frente, a la derecha de la calle San Blas aparece la choza de Ramona Vera y Cristóbal Salcedo. A la izquierda la de José Ortega y Francisca González (“los del picón”), cuya burra se encuentra amarrada a la cancela de la choza. En aquellos momentos, esta zona era la periferia del pueblo y, por tanto, estaba dominada por este tipo de viviendas. Hoy la misma calle se  sitúa en el centro geográfico del pueblo. Esta foto nos sirve para contextualizar estas corraletas  y parras. Hay que insistir en que se realizan sin planificación previa y dominan las hijuelas, los huertos, las corraletas, etc. 



Tertulia familiar en torno a la radio. La fotografía la hace Mintz en el rancho de José Ortega Herrera, el tío del Picón. Esta fotografía se realizó momentos después que la anterior. En ella apreciamos a la dueña de la casa, Francisca González Pérez (Paca la del picón) escuchando la radio mientras cose. A su lado, su nieta. También aparecen dos vecinos de su misma edad, José González Bancalero y Josefa Carretero Torres, junto a dos jóvenes, vecinas del barrio. La radio, las máquinas de coser, las lonas, el baldo y las chozas conceden a la fotografía un carácter que más que exotismo o tipismo hay que catalogarla como la cotidianidad del Benalup de Sidonia de aquella época. La familia y vecinos se reúnen a la tarde en la corraleta. Los hombres ociosos, descansan del trabajo. Las mujeres no lo hacen nunca, escuchan la radio y cosen. 

Como vemos en estas fotografías el emparrado se convierte en una parte fundamental de la vivienda
La familia del Vejeriego posa para Mintz. Las chozas se construyen separadas unas de otras, además de para evitar que el fuego se propague en caso de incendios, para utilizar estos patios y corraletas que aparecían automáticamente.


En la infografía de la exposición del legado de Mintz del IES Casas Viejas del 2019,  María Teresa Durán y su madre Alfonsa Bello, cosen en la puerta de una choza en la calle Paternilla. 
El hombre con gorra  se llama Manuel Moguel Peire y el niño que tiene cogido
de la mano es Juan Jesús Pinto Moguel.


 Esta foto se hizo en el año 1969 en la Barriada del Tajo, en el patio de la casa de Manuel. La vivienda estaba en lo que hoy es el campo de Golf, y en aquellos tiempos era un callejón con tunales. Pero la fotografía tiene muchos más datos, hasta tal punto que la convierten en un documento histórico no sólo por el jersey de cenefas de Juan Jesús o los típicos pantalones mil rayas de Manuel sino y, sobre todo, por el patio. La parra es el elemento central, el que lo vertebra. A la izquierda se observa una especie de alfombra, lo que aquí se denomina un “reol”  hecho de palma, que servía para limpiarse lo pies antes de entrar en la casa, de obligado cumplimiento si no querías ganarte la reprimenda de la señora de la casa. Las macetas del fondo son de latas, ollas viejas o cualquier cosa que sirviera para poder sembrar y colgar las plantas. El bidón que se encuentra al lado de la puerta, era para echar el agua y guardarla, así no tendrían que ir todos los días al chorro a por ella, a la fuente de Baltasar en este caso. Por otro lado, en el centro del patio, hay una especie de camino hecho ya con trozos de losetas, que conduce a la puerta de entrada. Se atisba la modernidad.


En este caso estamos ante una fotografía de la miga que tenía Mercedes Lara en la calle Medina. En ella aparecen en torno a treinta alumnos, tanto niños como niñas: José Guillén, José Franco Guitito, Angelines Macías, Angelín y Miguel Casas (Fogarines), Begoña Cruz, Ramona Guillén, Ana Coronil, Paqui Pérez, José López, Antonio González Pérez, Zumaquero… y dos chicas jóvenes que probablemente ayudarían a Mercedes. Se encuentran en el patio, a la sombra de la parra y con ausencia total de cualquier tipo de material escolar o lúdico. La mezcla de niños y niñas, la ubicación de los alumnos libres en torno a una mesa central y el ambiente distendido, dan a entender que estas «migas» estaban muy lejos de la escuela reglada de la época.
Este patio está situado en el Tajo. Refleja la huella de las chozas, que luego pasaron a ser casarones, casas de uralita y casas de tejado plano. El patio persiste.
José Gómez Gavilán, el Jimenato, hace obras en su casarón para transformarlo en casa. El régimen de autoconstrucción dominó esta transformación. A la izquierda su esposa lava la ropa en un barreño de cinc. La división del trabajo estaba meridianamente clara. 


Las chozas y los casarones fueron sustituidos primero por las casas de uralita y después por las de tejado llano o a dos aguas. Pero la huella de la choza y el casarón continúa por la presencia de las antiguas corraletas, que en la actualidad se han convertido en patios cubiertos con modernos toldos u obras de mampostería. La tradicional parra ha desaparecido o está en peligro de extinción. 
Isidoro Moreno terminaba su artículo en el portal de Andalucía de esta forma: «Aunque sea para evitar que cunda la alarma en el sector turístico (el único que parece merecer atención en quienes tienen cargos municipales), porque algunos de nuestros visitantes tengan graves problemas de salud por insolaciones o golpes de calor, tomen en serio “nuestros” políticos este tema. Hagan habitables nuestras ciudades. A la vez que dicten ordenanzas para bajar la contaminación de los vehículos a motor, planten árboles, muchos árboles, del porte adecuado y a la distancia (corta) precisa para garantizar la continuidad de la sombra. Y cuídenlos como lo que son: seres vivos que no solo descontaminan sino que hacen posible la vida en la calle en nuestras ciudades mediterráneas. Alegrando, además, nuestra vista e incluso, a veces, nuestro olfato. Multiplicarlos, y protegerlos, no es solo proteger nuestra salud sino también nuestra forma de vida, nuestra cultura.

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