La existencia de los sopacas beneficiaba fundamentalmente a los propietarios y perjudicaba a los jornaleros locales. Por ello, en la Segunda República se intentó acabar con el problema de los forasteros  con la ley de los términos municipales.

La CNT se opuso a esta ley. Pepe Pareja le dice a Mintz: “Los sindicatos socialistas pusieron la ley de términos. La ley de términos era una frontera, que no debe de ser eso. Porque eso era crear odio, porque yo creo que un pueblecito circunvecino con otro el mismo derecho tiene que tener otro para pasar el término, bien de visita o para trabajar. Pero con la ley de término no se admitía que fuera un trabajador al término circunvecino, al menos que hiciera mucha falta. Y eso era una guerra civil. Eso los cenetistas no lo reconocían y era crear odio y lo que se trataba era hacer unificación de amor, de encariñarse los pueblos los unos con otros y poderse entender»



La aplicación de la ley se fue complicando progresivamente. La ley de Términos Municipales fue pocas veces aplicada por pacto mutuo entre trabajadores y patronos. Hay un  documento  de 1933 en concreto de 5 de mayo, a inicio de la campaña de la siega, que nos sirve para profundizar en ello. Va dirigido al Presidente de la oficina de colocación obrera de Medina Sidonia. Dice así: “Como Presidente de la Comisión Inspectora del Registro Local de Colocación Obrera de este pueblo de Guaro, por medio del presente oficio le comunico a V. que encontrándose en esta bastantes obreros agrícolas especializados para el trabajo de siega y siendo de mucha necesidad invertir a algunos obreros, debido al reducido término municipal de esta, es por lo que; me dirijo a V con el fin de que como en esa se precisa algunos obreros para la ocupación de la siega, le ruego encarecidamente me lo comunique para su cumplimiento y demás efectos”. 



Pero esta petición del funcionario de Guaro  a un funcionario de Medina hay que contextualizarla con la ley que  Largo Caballero había aprobado el 20 de abril de 1931 la de términos municipales. En virtud de esta disposición se obligaba a los patronos a contratar a jornaleros del propio término municipal, según el orden de inscripción en el registro de desempleo. Eso explica el ofrecimiento oficial “como en esa se precisa algunos obreros para la ocupación de la siega”.  



Una gran parte de los participantes en los sucesos de Casas Viejas eran sopacas. En la Guerra Civil más de cien casaviejeños huyeron hacia zona republicana y tras pasar la Sauceda se dirigen al Valle del Genal, recurriendo a las amistades y familia que tenían en común en estos pueblos. Otra singularidad fue que el pasillo tradicional entre la sierra malagueña y la Janda volvió a ser muy utilizado por este mundo de los maquis. Casos como la Agrupación Fermín Galán, que operó en esta zona y cuyos miembros habían nacido mayoritariamente en la serranía de Ronda. 



El último documento es de 28 de junio de 1940, en el que el Ayuntamiento de Medina hace un reparto de los 3.000 kilos de pan que hay para la campaña. A cada ciudadano le corresponden 200 gramos al día, pero a los segadores 800 gramos. Forasteros habían en la campaña de 1940 según el documento 257, numero similar a los que había en 1915 según el diario de Cádiz. Pero ahora la contratación la volvía a hacer  el propietario, no existiendo ningún tipo de impedimento, ni legislación laboral que  defendiera a los jornaleros como en la República. La Guerra Civil cambio radicalmente los conflictos sociales en el campo. Los enfrentamientos entre locales y sopacas continuaron, aunque, como todo en el franquismo, de forma más soterrada.  Este racionamiento del pan hay que incluirlo en la autarquía franquista, en la que la autosuficiencia elegida generó en miseria y penalidades.  Hasta los años sesenta estuvieron viniendo sopacas o segadores malagueños a la comarca. La crisis de la agricultura tradicional acabó con esta emigración temporal, sustituyéndola por la definitiva al Levante español o a Europa.



Desde entonces las relaciones entre Casas Viejas y los pueblos del Genal se han cortado de raíz. Solo quedan en el imaginario de los más viejos del lugar. También en los árboles genealógicos. Pero como dice Luis García Montero: «nada desaparece aunque todo derive a una cosa fantasma». Por eso Benalup Casas Viejas es un pueblo de jornaleros y de sopacas, de idas y venidas. Lo urgente no puede hacernos olvidar lo importante. 



Este fenómeno inmigratorio que se inicia en la segunda mitad del siglo XIX va a aportar otra de las señas de identidad del pueblo, va a quedarse en la huella genética de sus habitantes. Las migraciones son las que aportan equilibrio al mundo, son movimientos de la población necesarios para compensar los desajustes que se producen, pero en el caso de Benalup-Casas Viejas son los que dan sentido, origen y vida a este pueblo. Se equivocan los que proyectan un futuro empeñándose en negar el pasado, yerran los que aducen a los ochos apellidos casaviejeños, que no los hay, para arrogarse presuntos privilegios y derechos frente a los que no han nacido aquí. 



Creo que el antídoto ante esos vendedores de humo, estos demagogos baratos y estos charlatanes de feria es conocer la historia de los sopacas, sus sufrimientos, sus incomprensiones, las prohibiciones y rechazos a los que fueron sometidos. Y pese a todo se quedaron, se instalaron y formaron el pueblo. Sin estos sopacas no se entiende la idiosincrasia de Casas Viejas.

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