La calle no solo era el reino del ocio y el entretenimiento de niños y hombres. También había artesanos que, como este, carecían de taller. En la imagen, cinco niños observan a Emilio trabajar. La calle es el hábitat natural donde aprenden, juegan, se relacionan y se socializan, y como Emilio no tenía un taller fijo donde arreglar los artilugios de metal, era frecuente que se encontrara con ellos en cualquier calle.
Los niños observan atentos el arreglo de un viejo barreño de cinc. La curiosidad despierta su interés y les motiva a hacer un alto en el camino, en sus juegos y correrías, para detenerse a observar una tarea que venía haciéndose desde la antigüedad y a la que por entonces (este detalle ellos no lo sabían) le quedaba muy poco tiempo de existencia. El trabajo se cobraba, como es lógico, en función del material y el tiempo empleados, y se concertaba de antemano después del consabido regateo.
Hoy ya no hay regateo, no existen los lateros y no hay necesidad de arreglar los cacharros. El reciclaje, la reutilización y el remiendo se han sustituido (hasta hace poco) por la compra de un producto nuevo. Asimismo, se ven menos niños por la calle paseando y «husmeando», y cuando lo hacen es para divertirse. Ahora la forma de relacionarse es en casa, a través de los medios digitales y en línea.
Algunos de los niños que observan al artesano trabajar (¿por curiosidad, por dar la lata?) son Alfonso Vela «el Tato» (segundo por la izquierda), Antonio «el Molinero» (tercero por la izquierda, con camiseta de rayas rojas) y Patricio Herrera (cuarto por la izquierda, con un jersey azul).
