En Argentina, esta nueva fórmula había tenido un gran éxito y la Cadena SER la imitó e introdujo en España de la mano de Guillermo Sautier Casaseca. Radionovelas como Ama Rosa, Lucecita o El conde de Montecristo han quedado grabadas en la memoria colectiva de la inmensa mayoría de los españoles que se reunían en torno al viejo aparato radiofónico (generalmente, de la marca Marconi) a escuchar la radionovela del momento. Por la mañana, la radio se llenaba de concursos, mientras que la tarde la ocupaban las radionovelas, horario de mujeres; sin embargo, las tardes de los fines de semana, el Carrusel Deportivo tenía entretenidos a la gran mayoría de los hombres. Por eso, en esa época, las mujeres debían buscarse otros quehaceres. Nótese que a sugerencia de Mintz, probablemente, ni Alfonsa Bello (a la derecha) ni Teresa Durán miran a la cámara. Además, el afán del «Americano» por retratar el marco y el contexto hace que nos presente la choza, la radio, la lata de costura, las sillas, las abundantes plantas y flores y el bidón del encalado. Una vez más se observa que las mujeres ni en actividades de ocio están ociosas, siempre aprovechan para hacer algo más.
El concepto «ocio y entretenimiento» es muy relativo y complejo para la época a la que hemos circunscrito este análisis, pero su relación con el tipo de sociedad existente es total. Como el hombre dominaba el ámbito público y la mujer el privado, fueron ellas las que en las casas y en las puertas de estas se adhirieron a un invento que venía con mucha fuerza: la radionovela o el serial radiofónico.
Aparte de los mencionados, había otros programas de radio con los que un reducido y selecto grupo de casaviejeños se mantenía informado sobre lo que acontecía en el mundo, a la par que enriquecían su espíritu. Estos programas se escuchaban a través de la Transpirenaica y de Radio París.
