Le toca el turno hoy al Valle de los Caídos. Ayer, 24 de septiembre de 2019, el Tribunal Supremo avaló la exhumación de Franco del Valle de los Caídos. Un lugar con historia y con ideología. Las dos forman parte de España, con sus puntos fuertes y débiles. Yo he estado una vez allí, luego os lo cuento, primero le toca el turno a Eslava Galán en “1000 sitios que hay que ver en España al menos una vez en la vida”

Viaje de Estudio Colegio Gran Capitán. Illora. Junio. 1976



EL VALLE DE LOS CAÍDOS

Durante la Guerra Civil, Franco concibió la idea de levantar un monumento singular para conmemorar “a los héroes y mártires de la Cruzada”. El lugar elegido fue el paraje de Cuelgamuros, en la sierra de Guadarrama, no lejos del Escorial. El monumento, comenzado en 1942 e inaugurado en 1959, es unhibrido de panteón, monasterio y mausoleo (la inspiración de El Escorial es evidente). La iglesia se excavó en el costado de la montaña, una cripta larga y estrecha de veintidós metros de ancha y el doble de alta, rematada en bóveda de medio cañón, con capillas laterales y al fono un ensanchamiento remato en cúpula
Lo último que se construyó fue la cruz monumental, la más grande del mundo, que tiene por pedestal la montaña misma, una cruz de 150 metros de altura, maciza, con un cuerpo de hormigón armado revestido exteriormente de granito que alberga en su eje un ascensor y una escalera de caracol. La cruz, 45000 toneladas de hormigón y ocho mil de hieroo, descansa sobre un pedestal formado por las esculturas colosales, de 18 metros de altura, de los cuatro evangelistas, obra de Juan de Ávalos
En el entronque con la cruz figuran las virtudes que Franco hacía suyas: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. 16 metros de altura. El conjunto es visible desde cuarenta kilómetros de distancia. La cruz puede soportar vientos de hasta 340 Km/h. Está calculada para la eternidad. 






En el subterráneo de la basílica yacen 33872 cadáveres de los dos bandos procedentes de fosas comunes excavadas en los diferentes campos de batalla de la Guerra Civil. Bajo la cúpula central, bajo pesadas losas de granito, aguardan la resurrección de la carne los restos mortales de Franco y José Antonio Primo de Rivera.
La construcción del gigantesco mausoleo admite varias lecturas: ¿es un monumento a la reconciliación tras la guerra como aseguraba la propaganda del Régimen, o se trata simplemente de un proyecto melagómano del dictador que quiere que su memoria desafíe los siglos unida a una gran obra? El Valle de los Caídos»






Tenía claro que quería publicar un post sobre el Valle de los Caídos. Para ello pensé acompañar la crónica de Eslava Galán con la que me mandara mi amigo José Luis Gutiérrez Molina. Esta es:

“Dos veces he ido en mi vida a este monumento funerario. La primera fue el otoño de 1974. La segunda, también en otoño, el 22 de noviembre de 1975. Quien me despertó la curiosidad fue Francesc Tosquelles, un viejo “poumista”, con simpatías ácratas. Psiquiatra, exiliado en Francia tras sufrir la justicia del terror franquista, era en una de las referencias de la corriente institucionalista que revolucionó el panorama de los tratamientos psiquiátricos. Mientras, por aquí, campaba a sus anchas, Vallejo Nágera y sus investigaciones sobre los “genes marxistas”. En su centro de Longueil-Annel, recibía con los brazos abiertos a los estudiantes españoles que le pedían hacer prácticas. Uno de ellos fui yo, el verano de 1974. Personaje especial donde los haya, le gustaba echar alguna que otra charla con nosotros y preguntarnos sobre cómo estaba España. Al enterarse de que vivía en Madrid, me inquirió sobre el edificio monumental que Franco había mandado levantar. Le confesé que nunca había estado pero que, cuando volviera, iría y le escribiría sobre cómo era aquello. Así hice. 





No recuerdo si era octubre. Debía de ser otoño avanzado porque los robles del Guadarrama estaban ya rojizos. Tampoco soy muy consciente de la impresión que me produjo. Apenas tengo una sensación de mortuoria frialdad grisácea. De amplios espacios poco alumbrados y de una gran soledad. Supongo que eso sería lo que le escribí en una postal que envié a Tosquelles. Nunca recibí respuesta. No la esperaba tampoco y el edificio se fue borrando de mi memoria.
Pasó poco más de un año. Ahora sí recuerdo la fecha exacta: la madrugada del 22 de noviembre de 1975. Hacía otras dos que, al despertar para ir al trabajo, la radio emitía la música fúnebre que hacía semanas esperaba. El dictador había muerto o, al menos, habían comunicado oficialmente su fallecimiento. Vivía por la glorieta de Cuatro Caminos y trabajaba, tabulando datos de encuestas, en una empresa informática junto a la plaza de Cuzco. Aquel día no se trabajó, estuvimos de cañas, que se diría por allí, y por la noche en varias reuniones en las que se comentó el hecho. Al día siguiente pasó más de lo mismo, mientras medio Madrid pasaba por el Palacio Real para ver el cadáver de quien nunca se había atrevido a ocuparlo a pesar de soñar con fundar su propia dinastía.






Aquella noche coincidí en una reunión con Félix Bayón, amigo de la infancia y periodista. Unos meses antes, en abril, tras oír las noticias de lo que ocurría en Portugal, nos habíamos liado la manta a la cabeza y, en su “850” rojo, emprendido una veloz marcha, lo veloz que permitía, hacia la frontera, provistos de unas acreditaciones de prensa de la revista Posible en la que entonces Félix trabajaba. Él de plumilla y yo de fotógrafo. El envite nos salió bien: logramos cruzar la frontera, hicimos unos reportajes y unas fotos que por ahí deben de estar y, sobre todo, vivimos experiencias que todavía me acompañan.




Así que, aquella madrugada decidimos repetir la operación. Esta vez la idea era hacer el reportaje “de color” más especial: el de los preparativos de la tumba que iba a albergar los restos del dictador. De nuevo cogimos los carnés y el “850” y emprendimos el camino hacia Cuelgamuros. Hasta llegar a El Escorial no notamos ninguna vigilancia especial. La ruta estaba franca. No fue hasta el cruce que desviaba a los accesos del monumento, no sé cómo estará hoy, cuando nos encontramos con el primer control. Lo sorteamos, como otro que nos detuvo un poco más adelante. Los carnés y las explicaciones periodísticas funcionaban. Más problemas tuvimos en la verja de entrada a la gran explanada. Fueron necesarias varias negociaciones hasta que los guardias civiles decidieron que lo mejor era delegar en un superior la decisión. Así que, acompañados de dos de ellos, llegamos a la misma puerta del templo. Allí nos quedamos. El oficial se mostró inflexible. Por nada del mundo nos iba a permitir entrar en donde una cuadrilla de trabajadores se afanaba en preparar el hueco.

Viaje de Estudio Colegio Gran Capitán. Illora. Junio. 1976. 






No sé qué hora sería. Seguro que bien avanzada la madrugada. Mohínos nos dimos la vuelta. Nuestro reportaje había muerto antes de nacer. Así que decidimos ahogar las penas. No recuerdo porqué pensamos que el mejor lugar era Segovia, a medio centenar de kilómetros. Allí llegamos entre dos luces. En un aguaducho, donde vendían churros, café y chinchón, paramos. Nos tomamos una ración de cada y, ¡qué tiempos aquellos!, esperamos a que llegara la primera edición de El Adelantado. Después regresamos a Madrid.
No he vuelto al Valle de los Caídos. Espero que, si alguna vez lo hago, no estén ya ni Franco, ni José Antonio Primo de Rivera, ni los más de 33.000 restos que se amontonan en sus criptas. Espero que estén todos donde sus familiares hayan decidido. Como, también espero, que la comunidad benedictina haya encontrado un mejor lugar para continuar con su vida contemplativa. No deben de faltarles a tan poderosa entidad. Eso sí, espero que la hospedería continúe funcionando y que las esculturas de Ávalos adornen el museo de su Mérida natal. Para el resto, lo mejor es la receta del doctor Rajoy: cero euros. La naturaleza hará el resto del trabajo”.
Viaje de Estudio Colegio Gran Capitán. Illora. Junio. 1976







Yo estuve en junio de 1976. Los profesores del colegio Gran Capitán de Íllora organizaron un viaje de estudio por el centro de España. Estuvimos en el Pardo, en el Palacio Real, en Aranjuez, en la Granja, en Soria, en Guadalajara… Fue un viaje magnífico. Uno de los mejores de mi vida. Tengo tres anécdotas de aquel viaje. Una tarde vimos a una mujer extranjera bañarse desnuda y mi amigo Ureña me quitó de la rendija de la puerta con el argumento de que él era mayor que yo, una noche en Plaza Mayor nos encontramos con un joven de pelo largo que decía que las cosas eran como nosotros queríamos, ya lo he contado, y otro día fuimos al Valle de los Caídos. Antes habíamos estado en el Monasterio del Escorial, el periplo formaba parte del mismo lote. Hace 43 años, pero recuerdo como si fuera hoy, que mi maestro, todos tenemos uno y este es el mío, Don Pablo Martínez, nos dijo a unos pocos que le acompañábamos, con la máxima naturalidad del mundo y fuera de la clase expositiva y doctrinaria de rigor, que aquello era un monumento a los que habían vencido, que se había hecho con el sufrimiento de los que habían perdido en la guerra y que a lo mejor no era tan bueno como querían que lo viéramos. Siempre me he sentido un privilegiado por estar en aquel grupo de cinco o seis ilurquenses, catetitos e interesados que recibimos aquel mensaje. Aquel año en octavo nos había dejado leer voluntariamente “Requiem por un campesino español” de Ramón J Sender, luego me enteré de que ese libro estaba prohibido en ese momento en España Nunca he vuelto a ir al Valle de los Caídos, ni pienso ir. Pero siempre he tenido el orgullo de aquella visita del 76 donde mi maestro Don Pablo Martínez me explicó lo que yo considero la verdad sobre ese mausoleo. Han pasado 43 años y todavía hay mucha gente que no han tenido la suerte de que les expliquen la historia de España con un solo monumento. Muchos años después leí lo que dice George Orwel: “«Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro». Y me acuerdo de la suerte que yo tuve de que en 1976, mi maestro Don Pablo Martínez me dijera lo mismo con otras palabras. Solo he estado una vez en Cuelgamuros, no pienso ir más, pero cuelga siempre en mi memoria. Creo que en la de muchos españoles. Parece que lo vamos a superar. Espero que esta vez si pasemos página de verdad.




Esta mañana vicheando la prensa me encuentro  este artículo de Isaac  Rosa donde dice que hasta el rabo todo es Franco. Tiene razón, creo, pero también leo en la prensa más reaccionaria que Franco ganó la guerra y la verdad que ya lo sabíamos. El mismo argumento que hoy en  tertulias matinales darán algunos viejos «sabios». Pero ayer, aunque nos falte el rabo se dio un pasito más para llegar a una paz definitiva. Como dejó escrito Fernando Fernán Gómez que con el 1 de abril de 1939 no llegó la paz, sino la victoria. Esperemos que la paz definitiva llegue muy pronto. Aunque me da la impresión que como dice Almudena Grandes «esta guerra no se acaba nunca».

Viaje de Estudio Colegio Gran Capitán. Illora. Junio. 1876
Premio de copa y tapa para quien me localiza hace 43 años en las tres últimas fotos. Advierto: tengo pelo


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