El sábado unos amigos me regalaron un hermoso día. Decir, en relación a este pot, que estuvimos de cervezas y comida con Ian Gibsón. Hablamos de los divino y humano, saliendo a la palestra palabras como genocidio, Garzón, Brenan, los dos bandos, Paracuellos, Lorca, Mintz, Prestón, Thomás, Mari Ángeles Egea, Roldán o Almudena Grandes. El personaje que más nos interesaba, porque nos unía, fue el Capitán Rojas. Al final, como es lógico, nos intercambiamos libros y él me regaló «El hombre que detuvo a García Lorca. Ramón Ruiz Alonso y la muerte del poeta» edición de Santillana de Septiembre del 2008. Siempre he tenido gran curiosidad por saber el papel del Capitán Rojas en la muerte de Lorca en Granada. Como sabéis yo nací allí y llevo ya bastante tiempo aquí. En la página 148 se puede leer: «El 6 de agosto un escuadrón falangista llega a la Huerta de San Vicente para practicar un registro. No lo podía dirigir una persona más peligrosa: el capitán Manuel Rojas Feigespán, responsable de la matanza de doce anarquista en el pueblo gaditano de Casas Viejas en enero de 1933 y condenado por ello a veintiún años de reclusión mayor. Amnistiado por las derechas poco después del triunfo electoral de la CEDA, Rojas, que había nacido en Segovia en 1899, fue destinado a Granada y ahora es jefe de milicias de la Falange, nada menos… ¿Qué busca Rojas? Circula el rumor persistente, propagado por los enemigos del autor de Yerma, de que éste tiene en la Huerta una radio clandestina con la cual se está comunicando nada menos que con …»¡los rusos»!. Es una locura , pero son momentos de auténtica paranoia y
cualquier bulo se cree y puede tener consecuencias mortales. ¿Quizá Rojas espera localizar tan improbable transmisor? No lo encuentra, naturalmente. Pero sí, cabe deducirlo, constata la presencia allí del famoso poeta «rojo» «.
Además de aprovechar para aclarar que no fueron doce (tengo un pot preparado sobre eso), sino veinte las víctimas del Capitán Rojas, este nexo de unión entre Granada y Casas Viejas a través del Capitán Rojas, me sirve para ligar los Sucesos del 33 con el conflicto armado del 36 y, sobre todo, para establecer que en los tres muertos (de un total de 28) de las fuerzas de ordén público, no hay ni la estrategia de eliminar o arrasar al «supuesto enemigo», a la otra media España, ni es el resultado de una acción disciplinaria preconcebida. También se puede comparar con la guerra civil en que mientras que las victimas de las fuerzas de orden público fueron enterradas con honores de heroes, los campesinos fueron enterrados en tierras no consagradas y algunos restos tardaron diez días en ser sepultados (tengo preparado un pot también sobre esto), además de constatar el morbo de fotógrafos y periodistas, como Julio Romano. Pero lo más grave es la represión sufrida con la posterioridad a los hechos, tanto en el caso de los Sucesos como en el caso de la Guerra Civil. Así que es cierto que en las dos partes se cometieron «barrabasadas», pero las comparaciones son odiosas y en este caso nefastas. No han tenido el mismo papel en la historia y en la vida Monroy o Gallinito que el Capitán Rojas. En esto, como en tantas otras cosas, los Sucesos fueron un precedente, funcionaron como laboratorio de la Guerra Civil española. No es lo mismo una guerra que un genocidio. Y ya sabemos que durante mucho tiempo los Sucesos nos los quisieron presentar como un simple suceso bélico.
