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En el segundo plano Sebastián Román, Pilar Bancalero y la que luego sería su novia y mujer Carmen Pérez-Blanco. En el primer plano Dolores, Peporro e Inmaculada Morillo.
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Durante el franquismo, el término noviazgo tenía dos acepciones. Oficialmente dos personas eran novios cuando se habían comprometido y se iban a casar, en la práctica esta acepción solo se producía en la segunda etapa del noviazgo cuando se había hecho oficial ante la familia.
Los hombres podían tener varios noviazgos a lo largo de su juventud, pero las mujeres solo debían tener un novio con el que acudir virgen al matrimonio. Para la moral católica el noviazgo era un tiempo de aprendizaje. Una preparación hacia el matrimonio. El matrimonio era para toda la vida y por tanto el noviazgo era la oportunidad para elegir «correctamente» a su futura pareja. Como el matrimonio era considerado oficialmente como una unión espiritual entre dos personas, el noviazgo servía para prepararlos adecuadamente. Oficialmente durante el noviazgo los jóvenes deberían aprender a reconocer el amor verdadero y a no confundirlo con una simple atracción o deseo sexual.
Los cines se convirtieron progresivamente en los lugares predilectos para los devaneos furtivos entre las parejas. Antonio Cazorla en Los españoles de a pie durante el franquismo dice : “Un muchacho podía intentar llevar a su novia al cine, pero ella necesitaría una carabina y en ciertos casos esto solo sería posible si ya estaban prometidos. En el caso contrario, no era raro que el varón pagara la entrada de la muchacha e incluso la de sus amigas, y que esperara fuera o que entrara y se sentara con sus amigos y lejos de ella. Una mujer joven que se sentara en un cine junto a un varón con el que no tenía una relación aceptada socialmente podía ser considerada una «perdida». Si un hombre se sentaba junto a una mujer que no era de su familia, se esperaba que ella objetara y hasta denunciara sus intenciones reales o supuestas. Cuando las parejas casadas iban al cine se sentaban de manera que ningún varón ajeno acabara junto a la mujer, normalmente poniendo a un hijo al lado de ella, y el marido en el otro. Se temía que la oscuridad de las salas de cine diera pábulo a actividades no deseadas, que los empleados de los establecimientos tenían la función de evitar. Durante las proyecciones no era inusual que se insertaran mensajes alertando a los espectadores contra comportamientos inmorales. A veces se avisaba de esta forma a los de ciertas filas, amenazando que la próxima vez se especificaría qué asientos ocupaban. En casos excepcionales, los acomodadores o ciertos varones movidos por la indignación moral se levantaban durante la película y denunciaban públicamente a quienes se comportaban de manera inapropiada, llegando incluso a agredirles. Si tenían suerte, los acusados podían escabullirse amparados por la oscuridad de la sala. Por otra parte, en cada cine de barrio se sabía qué asientos eran, por estar más apartados del resto de las butacas, idóneos para un contacto más íntimo, y se reconocía que quienes los elegían no pagaban su entrada para ver la película, lo que, como era de esperar, tenía implicaciones morales muy serias para la mujer que fuera vista allí. En cines que ocupaban teatros, siempre se podía sobornar al acomodador para que abriese un discreto palco a una pareja, y luego cerrase la puerta hasta un poco antes del final de la función”.
