Le toca el turno a una de las mecas del turismo de la Costa del Sol: Torremolinos, el pueblo malagueño icono del turismo de sol y playa. Turismo que tiene muchos detractores e inconvenientes, pero que sigue aportando muchas divisas y puestos de trabajo. Como decía Sabina no hay más cera que la que arde.
En «1000 lugares que ver en España al menos una vez en la vida» dice Juan Eslava Galán de este pueblo:
TORREMOLINOS
Torremolinos, antes del boom, era dos docenas de casas blancas en torno a la torre de Pimentel, el promontorio Molino del Pan triste y unas playas kilométricas de finas arenas en la Carihuela, el Bajoncillo y Montemar. La torre de Pimentel, con sus muros grises, sigue existiendo entre rascacielos y las urbanizaciones lo han invadido todo con su arquitectura racionalista o funcionalista o abaratista, minimalista o como demonios se llame. Hay más discotecas que en Nueva York, mas bares que en Madrid, más pizzerías que en Nápoles, más restaurantes chinos que en Pekín, más creperías que en la Bretaña, más pintores callejeros que en la rive gauche del Sena y Montmarte, más establecimientos de juego que en Las Vegas, más tablaos flamencos que en Sevilla y Cádiz juntas, más rincones típicos andaluces que en todos los pueblos andaluces juntos. Hay hoteles en forma de barco, hoteles en forma de plaza de toros, hoteles en forma de corral de vecinos, hoteles en forma de barrio de cuevas, hasta hoteles en forma de hotel. Los aficionados a los palacios de congresos no deben pasar de largo sin visitar el espléndido Palacio de Congresos de Torremolinos, un búnker de blanqueado cemento en cuyo interior se admira la lámpara de cristal más grande del mundo. Aquí se celebran los referidos congresos con gran éxito de crítica y público.
En Torremolinos nadie se aburre. Es uno de esos lugares en los que el visitante se sienta a tomar un refresco en una terraza y antes de cinco minutos acuden tunos a cantarle Clavelitos y le pasan la pandereta, acuden gitanos rumberos a cantarle su nanaína-naino y le pasan la funda de la guitarra, acude un sudamericano enlutado a tocarle el cóndor pasa y le pasa el estuche de la flauta. Esto en el apartado de musicales. En el de variedades puede asistir, desde la comodidad de su asiento, al divertido y meritorio número de los gitanos de tambor y trompeta con cabra alpinista y monito gracioso vestido de faralaes.
Antes de que el pacífico visitante pague su consumición y huya es muy posible que una gitana gestante lo adorne con clavel o ramito de romero; que un magro y bigotudo magrebí lo sepulte bajo una avalancha de alfombras, relojes, cinturones y condones, y que un agrícola autóctono reconvertido en vendedor de lotería insista en beneficiarlo con el premio gordo del próximo sorteo. Esta es la virtud de los lugares turísticos la confluencia de cultura, la concurrencia de las artes, la convergencia de las dispares civilizaciones. Uno se está quieto y le sirven a domicilio, en depuradas dosis, una quintaesencia del mundo. El tiempo del ocio debe ser eso: sana diversión, relajada esparcimiento, ensachamiento del espíritu en contacto con el arte.
Usted se preguntará a qué ha venido a Torremolinos. Pues ha venido por ver el Museos del Tatuaje y a contemplar la puesta de sol desde una playa de finas arenas transitada por gráciles muchachas y hermosos donceles mientras saborea un espeto de sardinas, caña y brasa.
Torremolinos viene a este blog porque me encanta lo que ha escrito Eslava Galán, muy a propósito de todo el debate generado en torno al turismo y los tipos de turismo. No soy fan del turismo sol y playa, ni de lo que representa Torremolinos. No obstante, iré todas las veces que Norberto organice una comida. Esa es la segunda razón de que venga este pueblo malagueño al blog. Allí hay un benalupense dispuesto a hacer de corresponsal. De hecho fue el primero que accedió a mi solicitud para que colaborara en esta sección. Se ve que su pasado bloggero, le da facilidades y empatía para escribir. Dice Norberto:
«Y ahora después de veintisiete años viviendo y trabajando en Benalup, me cambio al bullicio de una ciudad como Torremolinos. Afirma Eslava Galán que aquí sobra de todo y de todos, pero no coincido con él. Yo he encontrado una ciudad con gente muy abierta y de toda índole, con multitud de sitios bulliciosos, pero también en Torremolinos podemos disfrutar de forma relajada de unas merecidas vacaciones, y por supuesto, podemos vivir y trabajar tranquilamente, disfrutando de la familia, de la gran oferta de ocio que nos ofrece y de todas sus playas (a quien le guste la arena).
Y si me pregunto, por extraño que parezca, si hay alguna similitud entre Benalup y Torremolinos, me viene a la mente una pegatina de los años 90 (y de color amarillo) que decía “Benalup, vive la marcha”. Pues la respuesta a la pregunta ha de ser afirmativa porque en ambos sitios he encontrado gente abierta, con ganas de diversión, moderna, sin estereotipos sociales y que recibe a los foráneos con los brazos abiertos.
Por eso nunca me he sentido como un extraño en ninguna de las dos localidades, y puedo decir: Gracias, Benalup, y gracias Torremolinos».
La primera vez que yo estuve en Torremolinos fue en el año 1969. Salimos a las cuatro de la mañana. Mi primo Manolo y yo dormimos en la bandeja trasera de un Seat 850. Mi primo Pedro me gastó una broma, me metió en profundidades y no me dejó salir de la playa hasta que no dijera Real Madrid Caca de vaca, fue la primera vez que traicioné a mis valores. Luego me pasó igual, muchos después en Granada, pero con el cara el sol. El modelo turístico de Torremolinos no me gusta ni para Íllora, ni para Benalup-Casas Viejas.





