Son muchos los documentos que hay para demostrar la oposición inicial de la corporación asidonenense al establecimiento de estos forasteros.

Por ejemplo en el acta capitular del Ayuntamiento de Medina Sidonia del 25 de Abril de 1838 leemos: «Con el objeto de expulsar del término de esta ciudad a varios forasteros que residen en él, con especialidad en el sitio de Casasviejas y que las determinaciones del Ayuntamiento puedan llevarse a efecto se acordó nombrar y se nombraron cabos de justicia en otro punto a Don Andrés Pérez Arebalo y Don Joaquín Portillo a quienes se le haga saber lo mismo que a Bernardo Cozar y José Moreno a quienes se les de las gracias por su comportamiento en el tiempo que lo han desempeñado». Presumiblemente la destitución de Bernardo Cozar y José Moreno estaría relacionada con su tolerancia con los forasteros que se quería expulsar, no en vano ambos habían nacido en Algatocín. O esta otra acta capitular del 1 de Mayo de 1843: “Teniendo noticias en esta Corporación que en el Caserío de Casas Viejas se acogen varios forasteros, los cuales sin consentimiento de esta Corporación labran choza y no tienen vecindario, con el objeto de este evitar este mal, y que se arregle lo posible se nombró una Comisión… hagan lo más conveniente a los intereses del pueblo y den cuenta de su cometido”.  Es decir, se forma una comisión de tres personas, entre ellas el jefe de la guardia municipal para expulsar a los forasteros de Casas Viejas. Pero pese a estos intentos oficiales, los sopacas se establecieron en el pueblo y se quedaron a vivir definitivamente en él. Y es que, como siempre, las razones económicas se imponen a los designios políticos. 

Eduardo Pérez Ruiz y Luisa Torres del Rio, sopacas de Jubrique


Por tanto, cabría preguntarse por qué vinieron estos malagueños a Casas Viejas y cómo era posible que  en Casas Viejas hubiera estas emigraciones pendulares si lo característico era el paro forzoso de su población,  la mayor parte del año. Es curioso como este latifundio tradicional de la campiña basado en la existencia de una abundante mano de obra barata, demanda durante determinadas etapas, en el verano sobre todo, en la época de la recolección, gran cantidad de mano que hace insuficiente la existente y tienen que venir segadores de otras zonas de Andalucía e incluso de Europa (los portugueses, por ejemplo) y en otras épocas del año la falta de trabajo es tan acuciante que hace falta de la caridad de las autoridades y los grandes propietarios, las denominadas calamidades o socorros.  



Esta contradicción aparece en un informe de 6 de marzo de 1942, el secretario del Ayuntamiento de Medina dice: “El movimiento de obreros se caracteriza principalmente por el absentismo al que obliga la falta de trabajo existente en algunas épocas viniendo únicamente obreros forasteros principalmente de la provincia de Málaga en la época de recolección”. Los sopacas o los “forasteros” como los calificará el Ayuntamiento de Medina son también fruto del latifundismo, por eso la presencia de segadores malagueños va a caracterizar esta zona desde principio del siglo XIX hasta los años sesenta en los que la mecanización de las tareas de la siega ya no los hizo necesarios. 



Antonio Miguel Bernal describe el proceso minuciosamente. Estos latifundios se especializan en la producción de cereales orientados a la producción. Un sistema de cultivo que durante el año requiere muy poca mano de obra, pero que en verano necesita gran cantidad de segadores para evitar que la cosecha se estropeé con el paso del tiempo o las tormentas. Es por eso que este sistema requiere prácticas como el destajo y la llegada de trabajadores emigrantes. Bernal relata como los propietarios fomentan la llegada de estos emigrantes y controlan el mercado de trabajo permitiendo y posibilitando prácticas como los huertos familiares, el carboneo, la caza o la recolección de frutos: “la política de aprovechamientos de cultivos y por el recurso a trabajadores forasteros…La presencia de forasteros era una exigencia del latifundismo antes de la mecanización; en los momentos álgidos, la demanda de brazos se multiplicaba y no eran suficientes los recursos disponibles en los pueblos de campiña, que mantenían por lo regular el nivel de trabajadores en las faenas ordinarias. El predominio que sobre el factor tierra tenía la burguesía, determinaba el control y dominio que esta tenía sobre el mercado de trabajo”.
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