El año pasado con motivo de la VI edición de la gorra del jornalero, los amigos de Mintz montaron una exposición sobre el ocio y entretenimiento en el Benalup de Sidonia de su época. Voy a publicar en esta serie, que empieza hoy, las fotos y el texto de las cartelas que se exhibieron.
El ocio y el entretenimiento pueden definirse como aquellas actividades que nos ayudan a hacer más divertido, interesante, relajante, lúdico, el momento al que van dirigidas. En definitiva, contribuyen a vivirlo mejor. Establecer sus límites concretos en el Benalup de Sidonia de finales de los sesenta y principios de los setenta es complicado. Para ello, hay que fijar algunos límites y dejar fuera, por ejemplo, aquellas actividades relacionadas con el trabajo, las fiestas u otro tipo de espectáculos, como el cine, el circo o los conciertos.
Una consideración que hay que plantear es que las actividades estaban muy condicionadas por cuatro variables: el género, la edad, el lugar y el contexto.
A lo largo de la serie se comprobará que uno de los condicionantes básicos es que el hombre tenía derecho al ocio y al entretenimiento, pero la mujer no. Esta afirmación tiene matices, pero en su generalidad es cierta.
Otra consideración es que si hay una edad en la que no se trabaja y el entretenimiento y el ocio adquieren toda su expresión, es en la infancia; esto es, una niñez que se acortaba por la pronta incorporación de los niños a las labores del campo y de las niñas a las tareas domésticas. Aún así, eran los reyes del juego.
El lugar mayoritario donde se desarrollaban el ocio y el entretenimiento era el ámbito público: las calles eran para la infancia, y los bares y sus terrazas, para los hombres. Todo estaba condicionado por una sociedad rural en la que había mucha escasez de todo tipo de recursos, el paro azotaba como una plaga y no había ninguna alternativa pública de ocio. Por ello, la gente del Benalup de Sidonia de esa época tuvo que adaptarse a las circunstancias y echar mano de la creatividad, la imaginación y la paciencia para afrontar un ocio y un entretenimiento que ni sabían lo que eran ni en lo que deberían consistir.
En ese sentido, las relaciones sociales que los niños establecían jugando, especialmente si lo hacían en la calle y sin el control directo de los adultos, dieron lugar a una cultura propia, una cultura infantil callejera. Todo lo contrario que en la actualidad, pues los juegos tradicionales han desaparecido, borrados de las calles de los pueblos por las nuevas tecnologías, a pesar de ciertos intentos de rescatarlos y de concienciar a los niños para que hagan un paréntesis en los videojuegos y salgan a la calle a jugar; desde siempre, la mejor forma de relacionarse y hacer ejercicio físico, a la vez que divertirse. Cabe añadir que los juegos callejeros de nuestra infancia evitaban el sedentarismo y el sobrepeso, problemas cada vez más acentuados en los niños de la era digital.
