Tres niños juegan entre higueras y chumberas con una vieja llanta y una cubierta de moto, materiales inservibles. Antes de que la televisión y la informática se adueñaran de nuestra vida, los niños del medio rural aprendían los juegos a través de su familia o por imitación de chicos mayores.

Ni Papa Noel ni los Reyes Magos ni los padres eran los que les daban los regalos; ellos mismos se los buscaban. Se vivía en la calle y ahí se jugaba, con cualquier cosa y a cualquier hora. En ella, sin darse cuenta, aprendían a relacionarse y moverse por el mundo, descubriendo sus reglas y peligros. Los juegos reflejan la sociedad en la que se desarrollan. Por un lado, los escasos recursos con los que se contaban; por otro, la estructura patriarcal, de acuerdo con el rol de cada sexo: la pandilla la formaban solo hombres.



La socialización se daba siempre en la calle, donde los niños estimulaban la creatividad, ahorraban dinero y recursos, compartían; mientras que las niñas se implicaban más en las faenas y responsabilidades de la casa: ir a por agua a la fuente, atender el corral, cuidar de los pequeños, etc. El tiempo de juego de ellas se recortaba y el espacio se ceñía al ámbito privado; todo lo contrario que en el caso de ellos, que ocupaban el ámbito de lo público sin límite de espacio, al aire libre, en plena naturaleza, lo que les permitía conocer todo lo que les rodeaba.


Esta fotografía es otro ejemplo de la imaginación al poder que suponía el juego en aquella época: jugar con el cuerpo, jugar con recursos de la naturaleza, jugar con objetos del entorno. Es decir, jugar sin la intervención de la tecnología.
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