En la puerta de la iglesia del Tajo, que queda a la izquierda de la imagen, Miryam Mazo juega a la gallinita ciega con un grupo de niñas y niños. Este edificio fue capilla y escuela a la vez durante años y en él esta monja dio clases a los primeros cursos de Primaria.
Por la ley del 4 de noviembre de 1938 se obligó a separar a niños y niñas en las escuelas, con el argumento paternalista de que la educación mixta era «perjudicial, amoral y antipedagógica para los espíritus sensibles de las niñas». Pero la cuestión de fondo era distinta. Había dos patrones educativos diferentes: uno, para el hombre, dominador, y otro, para la mujer, sumiso. Para el caso del Tajo, como en tantos otros aspectos, la ley no se cumplió. Las fotografías de Mintz demuestran que niñas y niños compartieron tanto las aulas como el sistema educativo; al antropólogo le llamó tanto la atención este principio de coeducación, este oasis en el desierto, que lo fotografió en innumerables ocasiones. Pero si Miryam, con el corro, está cortando el paternalismo que se extendía como el aceite, también con él facilitaba el aprendizaje como juego, como parte de un proceso de socialización en un ambiente en el que la solidaridad y la empatía eran las actitudes dominantes.
Es curioso observar el fondo: aparece el Tajo en toda su amplitud a finales de los sesenta y un grupo de tres niños que no participan en la escena central y observan con cierta envidia el corro. La situación que refleja la imagen es casi un estado de excepción: era tanta la pobreza, tantas las carencias y dificultades, que ni siquiera se podía plantear la posibilidad de un aula para niños y otro para niñas, como sí ocurría en el centro del pueblo.
