Cuatro hombres juegan al dominó y un quinto observa detenidamente el desarrollo de la partida; entre ellos, de izquierda a derecha, Andrés Delgado (segundo), Antonio Montes de Oca Cabeza (tercero, el que observa) y Pepe «el Carpintero» (cuarto). Se respira una atmósfera de concentración y silencio. Eso es lo que se persigue, pero otra cosa es que se consiga, porque el dominó es disputa, jaleo, polémica y mucha competitividad.
El origen del dominó es chino y se suele jugar en parejas; hay documentos del siglo XIV en los que ya aparece, aunque la modalidad de 28 piezas no llega a Occidente hasta el siglo XVIII, concretamente a Italia, desde donde se expande por Europa y el resto del mundo. Es un gran juego y su binomio de sencillez de reglas y estrategia es difícil de superar. También tiene un doble carácter: por un lado, lúdico, y por otro, competitivo. Los jugadores se suelen jugar el café, el cubata o el paquete de tabaco, pero su mejor beneficio es la socialización, como en las cartas. Por ello es lógico que la partida de dominó se juegue en el templo de socialización de la época, el bar, y que los protagonistas sean siempre hombres.
El dominó se juega entre amigos y es un juego tradicional al que las tecnologías más modernas no han conseguido desterrar. En varios bares del pueblo aún se siguen celebrando partidas, tanto de cartas como de dominó, pero son ya casi reliquias del pasado.
Para el sociólogo Edgar Rey Sinning, el dominó es un elemento clave para la cultura de la integración. «Es solidaridad, hermandad, es casi un juego de adivinación, de compresión del otro», dice, y destaca que es el punto de encuentro entre amigos para compartir un diálogo ameno y afectuoso que se convierte en un entretenimiento.
