En el Antiguo Régimen, las condiciones sociales y económicas imponían un aprovechamiento extensivo de la tierra. El sitio de Casas Viejas era un pago alejado de Medina, a 20 kilómetros aproximadamente, compuestos por tierras de bienes propios, tratándose de terrenos destinados a pastos extensivos, arrendados a seis o siete particulares por el Ayuntamiento, el cual se había despreocupado tradicionalmente de estos parajes. Pero de fuera, vinieron nuevos vientos, la concepción liberal o del nuevo régimen dejaba en un segundo término la ganadería y prefería la explotación agrícola pues fomentaba más riqueza y necesitaba más puestos de trabajo. En este sentido la diputación crea un proyecto en estas tierras de propios de Medina, para crear una nueva población.
El autor, antes de que sea aprobado por el gobierno (hecho que ocurrió mediante Real Orden del Gobierno recibida en Diputación el 26 de agosto de 1821), hace una crónica sobre él, elogiándolo ampliamente. El cronista hace mención al esplendor de la zona en la época islámica y critica que el Antiguo Régimen con su vocación ganadera “condenase así a la esterilidad y al abandono campiñas magníficas”
“Honor a la diputación provincial de Cádiz, honor a cuantos se ocupen en promover el bien de sus semejantes. Esta es la ocupación que da gloria, que provoca bendiciones, que embriaga de satisfacción al hombre sensible. Los archivos de la nueva población de los campos de Medina conservarán – como un monumento precioso el proyecto de población formado por la diputación de la provincia-, y en adelante, cuando las famulas de Neptuno ondeen sobre las espigas de Ceres, cuando la abundancia y la ventura vuelen en torno de aquellas pacíficas moradas, sentado el anciano al pie del árbol corpulento, que él plantara, recordara a sus nietos la gratitud que deben a los hombres que componían aquella diputación, a los autores de la prosperidad de un vasto territorio y de la dicha de muchos millares de almas. En sus tumbas mismas se regocijarán al oír los ecos de estas pláticas, las cenizas de los hombres ilustres que hayan merecido por tan honroso título el reconocimiento de la posteridad, mientras que en sus tumbas también temblarán al oír los denuestos de cien generaciones, los yertos despojos de los que cediendo al influjo de pasiones mezquinas, usaron del poder que se les confió para enconar llagas que era muy fácil curar, alimentar odios que era necesario extinguir, y promover en fin desconfianzas, que retardaron por largo tiempo, sino impidieron del todo la prosperidad de su patria.
Tributando elogios al proyecto de diputación de Cádiz, con el entusiasmo que siempre nos inspira todo lo que es bueno y útil, desempañamos un deber dulcísimo. ¡Ojalá otros cuerpos u otros individuos nos proporcionen ocasiones más frecuentes de desempeñarlo»!

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