En 1932 reaparece de nuevo el sindicato anarquista. José Monroy, el cabrero, era el presidente del sindicato. Juan Estudillo, el zapatero, era el tesoro, como Secretario fue nombrado José Villarrubia Gutiérrez . Había, también tres miembros del comité, uno de ello Pedro Cruz, uno de los hijos de Seisdedos, Juan Sopas y Antonio Duran. El nombre del sindicato de Casas Viejas, era «los invencibles», nombre paradójico y contradictorio por mor de los acontecimientos históricos. Además, había un grupo de la Juventud Libertaria de Casas Viejas, de inspiración Faista, más radical e impaciente. En este grupo estaban Pepe Pilar, Manuel Quijada y Antonio Cabañas Salvador, «Gallinito».
«El local estaba situado en la segunda plaza del pueblo. El interior del edificio tenía pocos muebles; algunos bancos y sillas de madera y una mesa amplia repleta de periódicos y folletos. En la pared dos cuadros; uno de Bakunin y otro de Fermín Galán» Decía Mintz. “Había en la aldea un sindicato de campesinos. Estaba en una casita de una planta, toda blanca, cerca de la plaza y al lado de la calle priencipal, que más que una calle era una torrentera por donde bajaba de la alta colina el agua de lluvia cuando había tormentas. La casita tenía una puerta junto a la cual sentados en el suelo o de pie solía haber siempre algunos campesinos… Se puede leer en El verdugo afable de Ramón J. Sender. Por su parte Eduardo de Guzmán en La Tierra escribía: «Funciona el sindicato hace muchos años. Fue clausurado en alguna ocasión. Pero siempre se mantuvo firme el espíritu de los trabajadores. Todos los del pueblo están en el sindicato. Y no se conoce uno solo que haya traicionado en ninguna ocasión a sus hermanos, a sus compañeros. Que haya dejado de cotizar en la medida de sus posibilidades… Hay en el sindicato una biblioteca. Modesta, pero nutrida. En ella, las obras capitales del anarquismo: Bakunin, Reclus, Anselmo Lorenzo, Tolstoi… Los campesinos; -cuya inmensa mayoría sabía leer- se reunían por las tardes en el local social. A la taberna iban muy pocos. En el sindicato leían, meditaban, discutían. Cuando algún trabajador analfabeto iba al sindicato no faltaba nunca uno quien le leyera lo que quería. Y a voces se formaban círculos en torno a algunos que iban exponiendo, con el lenguaje elocuente de los grandes maestros, toda la belleza luminosa y radiante de la libertad absoluta». La política franquista hizo que lo hijos de estos anarquistas al contrario que ellos fueran analfabetos y tuvieran mucho miedo a hablar de política. Los nietos, sin embargo, dominan la cultura oficial la mayoría. Al igual que las ediciones anteriores este año pienso ir a la Alameda este 1 de mayo a colaborar con la asociación de familiares del Alzheimer. El año pasado me encontré allí a Pedro Moya Paredes, y para mí fue una manera preciosa y especial de celebrar el día 1 de Mayo, mientras que Antonio el de Antonia cantaba «la toná» sobre los Sucesos de Casas Viejas. Hablamos de aquella Alameda en la que estábamos en ese momento, pero también de la que pisó el día de los Sucesos, el día que huyó para la zona republicana o el día que vino esposado como preso político para el entierro de su madre y Benalup conoció el mayor despliegue policial de su historia. Espero encontrármelo otra vez en esta ocasión, sé que está por aquí, la vida no ha sido fácil, ni para él, ni para tantos trabajadores de su misma clase social (De todas las historias de la historia sin duda, la más triste es la de España). Por lo menos podremos hablar de la historia que a nosotros nos gusta y defendernos de este barrido de nuestra memoria que como si se tratará del Levante nos azota con tanta virulencia. Los logros conseguidos se expresan a través del poco interés existente sobre el anterior y actual estado del movimiento obrero. Un día como hoy es buena ocasión para recordar que hay muchos tipos de amnesia y por la que sufrimos nosotros también doblan las campanas.

La primera foto es de Campua, la segunda la he rapiñado de internet, en la tercera estoy yo en el centro, a la izquierda Pedro Moya y a la derecha su hijo, Daniel Moya.
Terminaba Gil de Biedma: «Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno. Que sea el hombre el dueño de su historia».

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