Alberto tenía enfrente a Silvia. Apenas un metro le separaba de ella. Quería decirle una frase que fuera el resumen de su vida. Alberto tenía canciones que las consideraba su guía o poesías que le recordaban su paso por el mundo, pero en este caso, antes de decirle su frase definitiva, quiso asirse a sus cuentos favoritos. Recuerda que su infancia estuvo marcada por aquel accidente que mató a toda su familia y que lo llevó a una habitación oscura y vacía, a no ser por la cama de una niña de su edad que resultó llamarse Silvia. Ella estaba junto la ventana y él en el otro extremo. Esa distancia se fue haciendo cada vez más pequeña a medida que Silvia le contaba que en el parque que se veía desde la ventana, los enamorados se susurraban secretas palabras de amor o que los perros jugaban con los niños o se preguntaba de qué hablaban esos viejos que llevaban toda la vida juntos, si ya habían hablado tanto. Alberto se acordaba que su deseo por quedarse con la cama de la ventana fue tan grande que, debido a las negativas de Silvia la desenchufó de la máquina a la que se agarraba a la vida. La primera lección de su vida fue cuando miró por la ventana y se encontró que no había ni parque, ni enamorados, ni perros, ni viejos, sólo un triste muro de ladrillos. Tener y poder a veces no nos dan la satisfacciones que esperamos. También se acordó Alberto de aquel cuento en el que cuando asumío la presidencia de la asosciación de padres y madres de su hijo, le entregaron tres sobres. El primero, que lo abrió cuando las cosas empezaron a irle mal, decía que le echará la culpa de todos los malos a su antecesor en el cargo y que abriera el segundo cuando volvieran a venir las circunstancias mal dadas. Cuando al cabo de meses así ocurrió, el segundo sobre decía que le endosara las causas de todos sus males a sus colaboradores y que los cambiara. Lo emplazaba para el tercero. Cuando le tocó abrirlo decía que fuera escribiendo tres sobres como los anteriores. Pese a eso no dudó en hacerse con el poder cuando decidió irse a un poblado remoto y no había nadie que lo quisiese. Al principio empezó a funcionar muy bien dicho lugar. Alberto estaba extrañado de lo bien que se podían organizar las personas con un mínimo de trabajo y esfuerzo, hasta tal punto que eran los más guay y sabios del entorno, y claro, él era, como jefe, el más guay y sabio de todos. Hasta que la bruja mala de todos los cuentos echó una pócima en el río y todos los del pueblo se convirtieron en lelos y memos, menos Alberto que tenía pozo propio. Entonces los del poblado empezaron a decir que con lo guay y sabio que era Alberto, lo lelo y memo que se había convertido. A Alberto le llegaron estos comentarios y era consciente que sólo tenía que volver a beber agua del río para ser guay y sabio. Él desechó la idea, siguió bebiendo agua del pozo e intentó vivir con su soledad. Silvia, que sí había bebido agua del río, fue a casa una mañana y le dijo que debía ser más hábil y listo, debía dejar de beber agua del pozo. A Alberto no le hicieron falta canciones, ni poesías en ese momento, sólo sus cuentos favoritos. Se acordó del muro de ladrillos, de los tres sobres y de la bruja mala de todos los cuentos, pero no pudo encontrar la frase que le sirviera para resumir su vida y tuvo que recurrir a dos. Primero le comentó que los arrieritos se encontraban en el camino, y después le dijo que los desencantados lo eran porque previamente habían estado encantados.
