El año pasado publique una entrada sobre el tema, ahora la retomo. Para ello me voy a basar en un artículo de Juan José Márquez publicado en el Diario de Cádiz el 26-6-08, en otro de F. Guerrero del Periódico de la Janda del 17-7-1993 y en las fotos de Mintz sobre el tema. Estos dos artículos nos permitirán observar los últimos cambios sufridos en esta profesión en los últimos quince años.
«En El mundo de Juan Lobón, los civiles ya no persiguen a cazadores furtivos por veredas de cabras y las cañadas y los cordeles no los cruzan contrabandistas a lomos de mulas, sino agentes forestales a bordo de todoterrenos. Tampoco queda apenas rastro del humo del carboneo, fábrica natural del otrora imprescindible picón. Sin embargo, los golpes secos y cadenciosos de las hachas de los corcheros siguen machacando el aire por estas fechas, como cada año, en los barrancos, gargantas y laderas… del Parque Natural de Los Alcornocales, en la provincia de Cádiz…el bosque mediterráneo mejor conservado de Europa» (Juan José Márquez). Quizás sea la actividad tradicional de esta zona que menos ha cambiado. «La «saca del corcho» es una actividad singular por cuanto que todo se hace según el «uso y constumbre», espresión de los corcheros para explicar el por qué de las cosas de este trabajo tan peculiar, en el que una cuadrilla de hombres…
permanecerán en el monte por espacio de trece días y medio de trabajo continuados, la denominada quincena, con un horario de 7 de la mañana a 8 de la tarde haciendo vida en común al aire libre» (F. Guerrero 1993). Aquí precisamente es donde se ha producido la gran transformación en los últimos 15 años. «Antes, un corchero trabajaba en el monte, de sol a sol, quince días seguidos, dormía en el hato,
un campamento provisional e itinerante, y nada más clarear, estaba de vuelta en el tajo. Era un trabajo durísimo, medieval. Hoy, afortunadamente, las condiciones laborales y los jornales han mejorado mucho y un trabajador hace ocho horas, con dos descansos, de siete de la mañana a tres de la tarde, y duerme en su casa todas las noches» (Juan José Márquez 2008). El trabajo por la tarde se ha perdido y la pernoctación en el hato. «A las tres se tomará la merienda
, a base de puechero o guiso de arroz, a éste le seguirá la siesta hasta las cinco dela tarde. Vuelta al trabajo hasta las ocho menos cuarto, con un cigarro
a las 6.30…Pese a lo dilatado de la jornada laboral, sólo se trabajan ocho horas pero es preciso distribuirlas así por el calor, para aprovechar en el trabajo las horas de la «blandura», las más frescas de la mañana y de la tarde en la que el corcho se extrae mejor ya que éste con el calor se aprieta y dificulta la extracción… Tras la jornada de trabajo se volverá al «hato» a cenar, pasar un rato de charla… para eso de, a las 10 u 11, extender el colchón y descansar» (F. Guerrero).
