Pongo sobre la barra del bar las dos fotografías de esta entrada. Le digo que las fotos las hizo Juan Cabré en 1913, cuando vinieron de Madrid a ver las cuevas, llamados por José Espina, Vicente Molina y Rafael Bernal. Me dice que en ese caserón nació él, y que una de las dos muchachas posiblemente sea su abuela, tras estar un rato jugando con las matemáticas. Las primeras noticias de poblamiento en esta zona, que entronca directamente con la actualidad, las tenemos de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los Moreno se instalan allí, procedentes de un pueblo del Valle del Genal, como cerca del cincuenta por ciento de los que van a poblar Casas Viejas. En concreto, de Algatocín. Las muchachas que cuidan las cabras eran hijas de Sopacas que conocían la zona por sus temporadas de siega en la zona en el verano. Sus padres pidieron permiso para hacer una choza junto al Tajo y allí vivían de las cabras, los palmitos, los conejos, los espárragos…, la siega en verano y el carbón en invierno. Esa fue la revolución industrial que se vivió en esta zona, fijar la población en torno a una choza o casarón contando con los recursos de la sierra y el llano, en el fondo lo mismo que se venía haciendo cuando en el Neolítico pintaron esas cuevas que siempre se había dicho que eran de los moros y ahora decían que eran más antiguas. Cuando Manuel Máñez casó con María Ordóñez Moreno (los Ordóñez provenían de otro pueblo del Genal; Monda) se fue a vivir al casarón de la foto. Allí nacieron sus ochos hijos. Seguían viviendo de las cabrillas, espárragos…, siega y carbón. Junto a los restos del actual posible dolmen había una fuente (aún continúa) que facilitaba la vida de la familia Mañez Ordóñez y al lado un lavadero, en el que a él le parecía que vivía su madre, porque siempre estaba allí. De vez en cuando venía gente a visitar las cuevas, eran de fuera, hablaban muy fino o un idioma que no se entendía. A los niños del pueblo les daba miedo montarse en el coche con gente desconocidos, ellos sabían que no pasaba nada y encima era una buena inversión. Él y sus hermanos pequeños trepaban por las piedras como las cabras. Una vez una se metió en la cueva y no había forma de que saliera, entre tres Mañez Ordóñez hubo que sacarla. La cuerda la dejaban siempre dentro, para que no se mojara, si venían visitantes subían y la ponían operativa.
