La escena del pintor Joaquín Valverde relata con tremendo dramatismo el momento que María Silva Cruz, la Libertaria, y su primo Manuel García Franco huyen del casarón en llamas. 
Con la llegada del capitán Rojas se produce el momento más álgido de estos sucesos. Joaquín Arrarás no escamotea datos y detalles, y la verdad me sorprende que se equivoqué tan poco. 
«A esta hora, procedente de Jerez de la Frontera, hace su entrada en Casas Viejas una compañía -90 guardias de Asalto-  a las órdenes del capitán don Manuel Rojas, que se encarga del mando y de toda la fuerza y dispone que las de los tenientes Artal y Santos, éste último llegado con él, desarrollen un nuevo ataque decisivo a la casa del “Seisdedos”, con intenso fuego de ametralladoras, fusilería y granadas. Inútil. Los rebeldes no se rinden. Es entonces cuando el delegado gubernativo da a conocer al jefe de las fuerzas el telegrama que acaba de recibir del Ministro de la Gobernación y que dice textualmente “Es orden terminante Ministro de la Gobernación se arrase casa donde se han hecho fuertes los revoltosos”.


El capitán Rojas ordena en vista de ello el incendio de la choza rebelde. Provócanlo los asaltantes arrojando sobre la choza una piedra recubierta de algodón que encienden impregnado de gasolina. Las llamas prenden fácilmente en el tejado de hojarasca y ramas secas de otra choza inmediata a la de “Seisdedos” y se propagan pronto a la techumbre del fortín rebelde. En la alta y grande hoguera se dibuja, como una gran veta de sombra, una boca oscura: es la puerta que se ha abierto. Los fusiles y las ametralladoras giran silenciosamente; pero todavía esperan. Salen una mujer y un niño y las llamas tras ellos buscándoles las ropas. Logran escapar. Ametralladoras y fusiles detienen espantados sus tiros. Pero otra vez en el hueco de la puerta se dibujan unas sombras. Un hombre, luego otro. Vacilan entre dos muertes, la del fuego la de las balas. Al fin se lanzan; esta vez ametralladoras y fusiles crepitan y las sombras caen casi en el mismo umbral».  Uno de los pocos fallos que le he localizado, los que mueren ametrallados no se tratan de dos hombres, sino de dos jóvenes; Manuela Lago y Francisco García Franco. Si me interesa resaltar que siguen sin aparecer los nombres de las víctimas locales.
Saenz de Tejada basándose en la fotografía de Serrano compone esta ilustración a la que añade el cuerpo de las víctimas. La pintura tiene una enorme fuerza. Yo no la conocía y entre otras cosas sirve para demostrar que la choza de Seisdedos era un casarón. 



Prosigamos el relato: Se lograr rescatar al guardia herido y se dispone la retirada de toda la fuerza, que se concentra en la plaza del pueblo. El incendio continúa: la casa ya no es más que un rescoldo donde se carbonizan lentamente siete cadáveres, cinco hombres, entre ellos Quijada, el mensajero esposado, y una mujer. Delante yacen muertos también los otros dos hombres que intentaron huir. La rebeldía ha concluido.
Pero el capitán Rojas, excitado y sin dominio de sí mismo, contagia de su frenesí a los guardias y les ordena emprender una “razzia” por el pueblo. “Haced fuego –les dice- a todo aquel que oponga resistencia”. Arrancan del fondo de los hogares, de detrás de las mujeres suplicantes y llorosas, de las mismas camas, a los hombres, viejos los más, enfermos algunos; los jóvenes habían huido. Los detenidos –doce- son esposados y conducidos primero a la presencia del capitán Rojas y en seguida por su orden a la corraleta de la choza, en ascuas, del “Seisdedos”. Con menos de diez líneas salda el relato de la razia por la calle Nueva y Medina.

¿Qué ocurrió allí? El propia capitán Rojas lo relata así: “Invité a estos prisioneros a que vieran lo que por culpa de ellos había sucedido, la canallada que había hecho; y como la situación y el momento eran muy graves, yo estaba completamente nervioso, y creía, si no daba un escarmiento fuerte, me exponía a que se declarara la anarquía y que se viniese abajo todo por la parte de la sierra, que es muy mala. Además las órdenes que tenía eran muy severas y cuando se las dí a los oficiales, decían algunos que eran muy fuerte, que no se podía cumplir eso; pero yo les dije que era la única solución de defender a la República y al Gobierno. Al llegar allí, a la corraleta, cuando bajaron a los prisioneros, aunque yo quería haber empleado con ellos las ley de fugas a la salida del pueblo, hubo uno que miró al guardia que estaba quemado en la puerta y le dijo a otro una cosa, y me miró de una forma, que, en total, no me pude contener de la insolencia suya, le disparé, e inmediatamente dispararon todos y cayeron los que estaban allí mirando al guardia que estaba quemado; y luego hicimos lo mismo con los otros que no había bajado a ver al guardia muerto, que me parece que eran otros dos. Así cumplía lo que me habían mandado y defendía a España de la anarquía que se estaba levantando en todos lados de la República”. La versión de Rojas es plenamente exculpatoria, resulta creíble, endosa la culpabilidad totalmente a Azaña y a su gobierno, pero además lo hace para evitar que la anarquía lleve a la destrucción a España.  Como lo va a hacer tres años después y por lo que viene la Cruzada
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