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| Paul Klee,Angelus Novus, 1920.Hessel remite en su panfleto a esta obra. Walter Benajamín vía en él a un ángel ahuyentando «esa tempestad que llamamos progreso» |
Recientemente escribo mucho sobre política. Primero escribí sobre las elecciones, más tarde del aislamiento tradicional de este pueblo, después sobre la abstención en las elecciones, con posterioridad sobre el patrimonio y ahora lo voy hacer sobre la necesidad de que nos impliquemos en la resolución de los problemas que afecta a la comunidad de Benalup-Casas Viejas. No terminará el ciclo aquí, porque todos forman parte de un todo más amplio.
La necesidad de que participemos en la cosa pública, en esa palabra que tiene tanta mala fama como es la política. Siempre se ha dicho que si esta se la añades a otra palabra tan hermosa como es madre, resulta algo que no le gusta a casi nadie. Yo no digo nada, que luego todo se sabe. Ya he utilizado varias veces la frase de Machado: » Cuídate de quien te dice ‘no te metas en política’, porque eso es que quiere hacer la política sin ti». Pienso sinceramente que el INFOCA, el fatalismo, la apatía, el conformismo, el abandono del pueblo… disminuiría si cada uno de nosotros, en la medida de nuestras circunstancias participara en la forma que desee en la cosa pública.
Me encanta la frase sobre la esperanza, que dicen que es lo último que se pierde. Viene del mito de la caja de Pandora. Pandora, al igual que nuestra Eva fue una mujer que por culpa de su curiosidad (y yo mantengo que eso es sinónimo de generosidad) desobedeció la orden de su marido y abrió la caja que le había regalado como obsequio de bodas. Se desencadenó un gran tsunami, un gran terremoto, se extendieron todos los males por el mundo, aquello fue un caos, un cúmulo de desgracias, nadie podía controlar nada… pero Pandora pudo cerrarla quedando en el fondo del recipiente Elpis, el espíritu de la esperanza, el único bien que los dioses habían metido en ella.
En mi estantería sabía que tenía un manuscrito escrito por Stéphane Hessel, pensador, escritor, diplomático y resistente francoalemán. Se llama ‘¡Indignaos!’, e inspiró el movimiento del 15 M en España y que se extendió a varios países. El libro exhorta a los jóvenes a rebelarse contra el sistema impuesto por las oligarquías y el mundo de las finanzas. El “no sé, ni me interesa” es decir la ignorancia más la indiferencia aplicada a la cosa pública es uno de los mayores cánceres que tiene la sociedad actual. Hessel escribe: “ Cuando alguien te indigna, como a mí me indignó el nazismo, te conviertes el alguien militante, fuerte y comprometido…¿Quién es la gente pudiente? Los que se han apoderado de lo que es de todos. Y como es de todos, es nuestro derecho y nuestro deber recuperarlo al servicio de nuestra libertad…Es cierto, las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo, demasiado complejo… Es un mundo vasto, y nos damos cuenta de que es interdependiente. Vivimos en una interconectividad como no ha existido jamás. Pero en este mundo hay cosas insoportables. Para verlo, debemos observar bien, buscar. Yo les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor actitud es la indiferencia, decir “paso de todo, ya me las apaño”. Si os comportáis así, perdéis uno de los componentes indispensables: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue… apelamos todavía a una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas que no proponen otro horizonte para nuestra juventud que el del consumo de masas, el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza de todos contra todos. Aquellos que harán el siglo XXI, les decimos, con todo nuestro afecto: “ CREAR ES RESISTIR. RESISTIR ES CREAR”
Termina el panfleto con una frase de la editora de este Sylvie Crossman. “Es exactamente esta persona la que habla aquí, a sus noventa y tres años”. Y entonces me recuerda a que nosotros tenemos otros personajes tan lúcido y clarividente como Hessel, aunque menos conocido. Pepe Pareja con 82 años en 1970 le contó a Mintz que: “Pero todo resulta vacío, estamos cortando las extremidades cuando el problema está en las raíces. Las riquezas están pobremente distribuidas”. Y creo que no hay que ser joven para ser revolucionario e indignarse ante la situación. No estoy de acuerdo con Churchill cuando decía: «Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los 40 lo siga siendo, no tiene cabeza». Creo que hay indignarse ante la globalización que nos iguala y favorece a unos pocos y perjudica a unos muchos, ante un sistema que destruye lo que deberíamos dejar a nuestros nietos, ante la estrategia de primar la ignorancia y la indiferencia que hunde sus raíces en el olvido. Ante los que defienden un país, una nación o un pueblo en el que no cabemos todos. A nivel local también hay muchas razones para indignarse llámese jóvenes fuera de su pueblo, carreteras en mal estado, monumentos cerrados, centro histórico abandonado, avance de tal o cual ideología política, abandono o permanencia en el mismo barco y…. seguro que como dice Hessel si buscas encuentras muchas más. Pero a mí lo que más interesa no es la indignación en sí, sino lo que ella trae consigo; la implicación, el compromiso subsiguiente, ya sea participando en un grupo carnavalesco, en una lista electoral o escribiendo sobre temas comunitarios en las redes sociales.
Más que de nuestros padres somos hijos de nuestro tiempo y son momentos de indignarse, de implicarse, de participar. Sigo pensando que la curiosidad es sinónimo de la generosidad y que la indignación es el paso previo a la creación. A veces hay que comerse la manzana, abrir la caja de los truenos o destapar la caja de Pandora, aunque sólo sea por cerciorarse que allí sigue la esperanza, lo último que se pierde.
Más que de nuestros padres somos hijos de nuestro tiempo y son momentos de indignarse, de implicarse, de participar. Sigo pensando que la curiosidad es sinónimo de la generosidad y que la indignación es el paso previo a la creación. A veces hay que comerse la manzana, abrir la caja de los truenos o destapar la caja de Pandora, aunque sólo sea por cerciorarse que allí sigue la esperanza, lo último que se pierde.

