Sentada en los escalones de la cárcel de Medina una mujer llora amargamente. A su lado María Bollullos, esposa de José Olmo, intenta consolarla acariciándole el pelo. José Olmo y Pedro eran amigos. El primero lideraba el movimiento anarquista de la zona, el segundo, como casi todos los zapateros de la zona, se sentía atraído por las ideas libertarias, lo mismo que su padre y su abuelo, habiendo pertenecido ambos a las sociedades masónicas del pueblo. Su padre se había apuntado a la logia en el 68, con la Gloriosa, su abuelo, cuando los cien mil hijos de S. Luís, en el 23, permitieron que Fernando VII volviera a las andadas.
María llevaba una vida aburrida e insulsa hasta que un día que fue a la zapatería de Pedro, este se machacó un dedo con el pequeño martillo que utilizaba para pegar con tachuelas las suelas de los zapatos. Lo ponía nervioso. Eso le gustaba y le subía esa moral que su marido la había colocado por los suelos desde que vivía con él. Poco a poco empezó a pensar en la posibilidad de romper con todo lo que le ataba y le oprimía, a través de este zapatero, que si bien no era guapo, tampoco era celoso, guarro, descuidado y posesivo como su marido. Buscaba cualquier ocasión para ir a la zapatería de Pedro. Un día ella cerró la andrajosa puerta de la covacha que hacía de zapatería. A la semana siguiente decidieron marcharse a vivir a Medina.
María mientras llora desconsoladamente piensa que le importa un pito lo que el gobernador civil había hecho poner en el periódico “El Imparcial”, como correspondencia a los votos que cada cuatro años para él reclutaba su marido. Tampoco le era trascendente el hecho de que su padre hubiera recuperado la fonda de la Alameda que le había regalado por su matrimonio, para darsela a un hermano suyo que quiere casarse. Ni siquiera el hecho que su marido y su familia hubieran extendido el rumor de que era una “mujer de vida fácil” o que se ganaba la vida prostituyéndose. Ahora bien, que todo eso hubiera desembocado en el encarcelamiento de Pedro acusado de anarquista le dolía en el alma. El precio de la libertad suele ser siempre demasiado elevado.
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Lo anterior es una ficción que apareció cuando leí la siguiente noticia en el Imparcial el 7 de Marzo de 1895. Decía así el periódico: “En una aldea cercana á Cádiz, denominada Casas Viejas, una mujer casada sostenía relaciones con un individuo, zapatero de oficio, de quien recibía dinero de vez en cuando. Hace dos días, el amante, que rondaba la posada de que era dueña la señora de sus pensamientos, le arrojó una moneda, y como los viera el padre de la “virtuosa” mujer, la increpó por ello duramente. La hija, en extremo cariñosa, aprovechándose de que varios vecinos sujetaban al autor de sus días, la emprendió con él á bofetadas. Cuando el marido de la adúltera regresó del campo, donde trabajaba, la arrojó de su casa, y ella se marchó á Medina en compañía de su amante. Y no pasó más.”
