Por principios una fotografía tiene como objetivo retener lo efímero. Si además el que hace la fotografía tiene la intención manifiesta de captar lo cotidiano y subirlo a la categoría de lo importante tenemos una fotografía maravillosa de los años sesenta, que en Benalup la mayoría son hechas por Mintz. En el caso del fotoblog que nos ocupa hoy tenemos dos fotografos; el americano, el que pone la intención, el que quiere captar lo que capta para dejarselo a la posterioridad y el hombre con boina de la derecha que nos introduce con su mirada por la calle San Juan. Este, esta viendo lo mismo que la cámara de Mintz, la diferencia estriba en la vocación de permanencia del primero. Es como sí se captura y se guarda para siempre un vaso de agua que fluye cotidianamente por un río. A un lado quedan los dos hombres que leen el periódico en la marquesina de Andrés Ricardo, luego se divisan los letreros de Bebe Fanta y Coca Cola que marcan este bar y el de su cuñado, enfrente. Pero lo que importa es lo que hay en el centro, en la calle. Mujeres y niños están de paso, los hombres charlan tranquilamente en la puerta de los bares. No es un día de fiesta, porque la ropa de los transeúntes así nos lo delata, pero la calle San Juan está concurridísima. Han pasado cuarenta años de ese instante químico, cotidiano y efímero y los cambios con respecto a la actualidad son tremendos. No se trata ya del bar de Andrés Ricardo que se dividió en el Bar de Ricardo y la confitería o que los letreros de Fanta y Coca Cola han desaparecido o que el hijo de Andrés no siente el mismo entusiasmo por los pájaros perdices que el padre, la gran transformación está en que en una mañana cualquiera no hay niños jugando en la calle, tantas mujeres que charlan o van de compras y hombres que ven la vida pasar en la puerta de estos dos bares. El centro se ha convertido en casco antiguo y solo se frecuenta de esta forma los “días señalaitos”. Hoy la cotidianidad es otra. Los pueblos y sus calles son como las personas, nacen, viven, se transforman, envejecen. Esta calle San Juan, como las personas, tiene que saber envejecer bien y es obligación de todos ayudarle a ello. Empezando por reconocer lo que fue y ya no es. Pero en su pasado está su esencia y a partir de ahí debe adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas circunstancias. Sabiendo siempre que lo efímero y lo cotidiano pueden alcanzar las altas cotas de lo bello y lo hermoso. Y quien dude de ello que vuelva a mirar esta foto.
Por principios una fotografía tiene como objetivo retener lo efímero. Si además el que hace la fotografía tiene la intención manifiesta de captar lo cotidiano y subirlo a la categoría de lo importante tenemos una fotografía maravillosa de los años sesenta, que en Benalup la mayoría son hechas por Mintz. En el caso del fotoblog que nos ocupa hoy tenemos dos fotografos; el americano, el que pone la intención, el que quiere captar lo que capta para dejarselo a la posterioridad y el hombre con boina de la derecha que nos introduce con su mirada por la calle San Juan. Este, esta viendo lo mismo que la cámara de Mintz, la diferencia estriba en la vocación de permanencia del primero. Es como sí se captura y se guarda para siempre un vaso de agua que fluye cotidianamente por un río. A un lado quedan los dos hombres que leen el periódico en la marquesina de Andrés Ricardo, luego se divisan los letreros de Bebe Fanta y Coca Cola que marcan este bar y el de su cuñado, enfrente. Pero lo que importa es lo que hay en el centro, en la calle. Mujeres y niños están de paso, los hombres charlan tranquilamente en la puerta de los bares. No es un día de fiesta, porque la ropa de los transeúntes así nos lo delata, pero la calle San Juan está concurridísima. Han pasado cuarenta años de ese instante químico, cotidiano y efímero y los cambios con respecto a la actualidad son tremendos. No se trata ya del bar de Andrés Ricardo que se dividió en el Bar de Ricardo y la confitería o que los letreros de Fanta y Coca Cola han desaparecido o que el hijo de Andrés no siente el mismo entusiasmo por los pájaros perdices que el padre, la gran transformación está en que en una mañana cualquiera no hay niños jugando en la calle, tantas mujeres que charlan o van de compras y hombres que ven la vida pasar en la puerta de estos dos bares. El centro se ha convertido en casco antiguo y solo se frecuenta de esta forma los “días señalaitos”. Hoy la cotidianidad es otra. Los pueblos y sus calles son como las personas, nacen, viven, se transforman, envejecen. Esta calle San Juan, como las personas, tiene que saber envejecer bien y es obligación de todos ayudarle a ello. Empezando por reconocer lo que fue y ya no es. Pero en su pasado está su esencia y a partir de ahí debe adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas circunstancias. Sabiendo siempre que lo efímero y lo cotidiano pueden alcanzar las altas cotas de lo bello y lo hermoso. Y quien dude de ello que vuelva a mirar esta foto.