No hay mucho camino entre la gestoría y el banco, pero cuando pasé por la plaza del Pijo, debo reconocer que estaba aturdido ya que para mí una blanca doble era una ficha de dominó o, ¿qué sé yo, un vaso de leche quizás? Pero no, de nuevo me equivoqué. All´estaba “la blanca doble”. Esta fue mi conversación con este amable cajero.
– Buenas, ¿qué deseas?
– Nada, vengo del “Si lo sé vengo antes” y como tengo que pagar unos dineros al “Maravillas”, me ha dicho que venga a hablar con “la blanca doble”, perdón, con usted
– No pasa nada. Así me llaman, lo hacen con cariño.
Salí de allí con el dinero, tratando de recordar todos los nombres (Roper, Titi, Lobo, Aquetejundo, Maravillas…), pero la verdad no sé como se llaman. Supongo que tendrán nombres como cualquier otro, en fin, aquí estoy, intento no perderme entre colores, animales, pasteles y demás.
Esa misma noche conocí en “El Bola” a unos chicos que dentro de poco estarían en 4º de ESO. Intenté acercarme a ellos porque quería saber más sobre el tema que desde aquella mañana me mantenía expectante. No tuve más remedio que interrumpir una conversación como la que sigue:
– Oye, ¿sabes lo que le ha ocurrido “al pompa”?
– No, dijo una muchacha, ahora me preocupan más las asignaturas del próximo curso, ¡ay, cómo me toque “la loba” en lengua!
– Anda, dijo un muchachyo rubio, pues yo he pedido Cultura Clásica y me temo que me toque “el Mimosín”
– Yo, contestó otra muchacha, estoy en Ciencia, así que me tocará “el risitas”, pero en Historia seguro que me toca “El Melenas”, ¡conlo guay que es!
– Pues yo ya me veo, dijo de nuevo el muchacho rubio, el dia de las novatadas corriendo delante “el funeral” y procurando que ni “el farol”, ni “el cobi” me vean
– ¡Ah!, dijo otra jovencita, ¿habéis visto el nuevo de mates?
– Si, lo ví ayer mirando como daba vuelta la cuchara en el café. Habrá que pensar algo para él.
– Ya está, “Billy el rápido”
– Hombre no, esto es un “pelu” del oeste, mejor… ¡ya lo tengo! ¡El hijo del viento!
Debo reconocer que aquello era creativo y divertido, casi me recordaba al ingenio de Quevedo, pero con la gracia que el pueblo sabe dar a sus creaciones. La verdad es que al poco rato ya me conocía a medio Benalup y a todos los profesores del instituto, en mi cabeza intentaba imaginar como serían el Melenas, el Risitas, o el Funeral. Resultaba divertido.
