2009-01-16

El Miliciano

Uno de los espacios que con verdadero cariño tratamos en el blog es el denominado «Nuestros documentos». Enero nos trae a la memoria a uno de los sucesos que convulsionaron a la sociedad española e iba a condicionar el futuro del regimen republicano: el asesinato de ocho campesinos abrasados en su choza y la matanza de doce más en la entonces aldea gaditana de Casas Viejas. Desde la prensa libertaria, del puño y letra de uno de sus más destacados militantes se denuncia la saña y frialdad con la cual se cometieron tales actos y la crueldad de sus ejecutores. Nos referimos al artículo «¡¡Ni aunque lo manden, capitán!!» de Francisco Ascaso. Agradecidos a nuestros compañer@s de la «Soli» por darnos la oportunidad en su espacio de libre publicación,no lo publicaremos en el blog, si no en donde por vez primera vió la luz en Solidaridad Obrera.

¡¡Ni aunque lo manden, capitán!!

Yo he visto, capitán, caer a mis compañeros, a mis hermanos, doblándose despacio, en agónico estertor, y quedar extendidos en la tierra. Borbotones de sangre por la boca, y en la frente los pequeños agujeros por donde huye la vida. Agujeros de muerte que trituraban el cráneo de quien los recibía, y la razón de quien los contemplaba. Anido y Arlegui lo mandaban.

Yo he visto repartir culatazos que destrozaban dientes, cejas y labios; caer los hombres sin sentido, y reanimarlos con cubos de agua para recomenzar de nuevo el apaleamiento y caer nuevamente deshechos otra vez. Yo he oído -éste es el peor de los suplicios- los gritos de dolor de los martirizados. Yo recuerdo la historia que me contaba un viejo amigo cuando estuve en Chile. «Los españoles -me decía-, que tanto blasonan por allá de haber aportado a América la civilización, no son dignos más que del odio y del rencor tradicional que en el fondo nos profesan estos americanos».

Yo he visto, capitán, durante mi paso por México, un cuadro en un Museo, representación exacta de una histórica hazaña de Hernán Cortés y sus huestes: Moctezuma y uno de sus jefes sufrieron el suplicio del fuego para que descubrieran el tesoro azteca. Mientras los barbudos de Cortés quemaban los pies de aquellos indios, éstos sonreían despectivos con una sonrisa que nada descubría. Vi también, capitán, en Tacuba (México), el gigantesco y milenario «árbol de la noche triste», donde Hernán Cortés fue a llorar su impotencia, después de su hazaña inquisitorial. Y vi también -de esto no hace mucho- cómo en Villa Cisneros un pobre negro, amigo del compañero Arcas, después de atado a cuatro estacas clavadas en tierra, recibió cincuenta vergajazos por robar un plato al sargento de aviación de la plaza. Yo he visto muchas cosas, capitán, que me permiten no asustarme ante la maldad de los hombres. Las he sufrido yo también; pero no hablemos de eso; he visto muchas cosas, repito, pero nunca creí que alguien pudiera superarlas. Creía, sí, que cada una de ellas correspondía a una época, a una situación propia de circunstancias y de latitudes. ¡Jamás pude suponer que las reuniríais todas, capitán!

¡Casas Viejas!¡Casas Viejas! Habéis repartido culatazos, vergajazos que desgarraban miembros de los hombres, que arrancaban gritos de dolor y de rabia. Habéis quemado seres vivos, entre ellos una niña de ocho años.

Los habéis maniatado, pues no teníais bastante arrancándolos de los brazos de sus madres, y coronado después con los macabros agujeros por donde huye la vida, florecillas rojas, corona del martirio.

Y todo, según vos, «porque así lo mandaban». Pero, ¿es que no hay dignidad, sensibilidad ni hombría? ¿Pertenecéis acaso a otra raza que no sea la humana? ¿Y por eso no hallaba eco en vos el dolor de los otros? ¿Habéis podido contemplar cómo los hombres se doblaban despacio en agónico estertor, quedando extendidos en tierra, echando borbotones de sangre por la boca, y tenido el sadismo de pedir, de ordenar: «¡Más! ¡Todavía más!», sin que vuestro corazón sintiera el frío del acero que traspasaba el corazón de los otros?

Porque lo mandaban… Porque así lo mandaban… ¡Ni aunque lo manden, capitán! ¡¡Ni aunque lo manden!!

Hernán Cortés encontró en Tacuba un árbol que escuchase sus lágrimas. Vos, si algún día sintierais la necesidad de llorar, no encontraréis ni tan siquiera un árbol… que os escuche…

Francisco Ascaso

Solidaridad Obrera, 3 de marzo de 1933, artículo dirigido al Capitán Rojas tras los sucesos de Casas Viejas.

Conocía hace ya mucho tiempo este artículo de Ascaso, el de la maldición de Casas Viejas, la alerta de google me lo ha recordado y a mí me ha parecido que había que traerlo de la columna de la izquierda de mis pot favoritos a la central.

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