El título de esta entrada parafrasea una película de Clint Eastwood en la que no hay ni buenos ni malos y por eso me gusta a mí tanto, pero el título va dirigido a los que la curiosidad les puede y la siguen leyendo, aunque no va para ellos. Además, tiene tantas licencias, claves y contraseñas que se convierte en una cosa demasiado ordenada, es información automática y eso es un rollo. Así que si no has estado esta tarde en lo de Ricardo, casi sería mejor que no sigas leyendo. Esta es una entrada para mí y para parte de mis amigos, por ese orden, en la que empiezo pidiendo perdón por hacer de mi blog un instrumento exclusivamente personal. Creo que es de la primeras veces y será de las últimas que así ocurra. A mi amigo José Martínez, que a veces tiene más salero que su segundo apellido, el Ayuntamiento le ha otorgado la medalla de oro. Nos reunimos en el subsodicho bar con comida y bebida y hemos pasado una tarde estupenda. Los amigos le ofrecimos un detallito, la placa de la foto, y él nos ha obsequiado con una serie de regalos. Por supuesto, que ni una ni otros se merecen pasar a la historia de Casas Viejas, pero en este blog tenemos enchufe y no queremos que se nos acabe la luz, aunque soy consciente de que se trata de una burda treta. Los decibelios subieron cuando se puso sobre la mesa una casa en Torrealhaquime, porque estábamos unos pocos susceptibles de ese regalo en la banda izquierda, aunque algunos fueran de centro derecha.Lo cierto es que el doctor nos puso en una disyuntiva, aquello no era un contubernio, éramos ignotos, como San José que sin saberlo fue padre putativo. Él, fue ecuánime y lo mismo que regaló perejil también nos obsequió con un bisturí, una Celestina, un diccionario, un tubo, un lápiz, un rundún o un ovni disfrazado del vehículo del que estuvo su carne pero no su ser. Tampoco faltó pan, agua, ni por supuesto vino. Y al tecnólogo que se fotografió con la medalla de oro (sin connotaciones cinegéticas, ni zaínas) le regaló un destornillador. El nival (no es que escriba rápido) gastronómico rozó la gula y el de las conceptuaciones fue tan alto que terminamos omnibulados. Los desayunos en Azabache son indelebles a que Sansón y las Dalilas les haga una mención. Un neófito con cámara hizo de notario de los diversos curriculum cum laudem allí presentados. Hubo premios no entregados como una botella de agua, una novela del buscón, un lobo o mixtologo de 4,5 euros o un pelícano al que el galeno le hubiera hecho mucha ilusión entregarlo. Pero lo que quedó meridianamente claro es que a partir de ahora, con tanta sapiencia adquirida en esta tarde de lunes, los cirujanos no rajan, ni operan, ni intervienen, ni critican, ni trasplantan, ni intervienen, ni reproban, ni reprenden… son los tiempos del cambio, a partir de ahora diseccionan finamente.
P.D.- Vuelvo a pedir perdón y a mis amigos recomendarles la impresora H. P.
