Un día de principios de los sesenta, una pareja de guardias civiles llegó al casarón de la foto y se llevó al cuartel a Manuel Mañez. El que me da estos datos dice que tanto él y sus hermanos como su madre pasaron unos momentos muy malos mientras que regresaba. Luego el padre contó que le habían dicho que hacía falta meter un guarda que cuidara de las pinturas y que habían pensado en él, porque vivía allí. A su vez, él delegó en su hijo mayor, Andrés Mañez Ordóñez, que fue guarda de las cuevas del Tajo de las Figuras hasta que murió hace unos años. Al principio ganaba muy poco, unas 60 pesetas, así que los ingresos de la economía familiar los completaba con lo que daban las cabras, los espárragos o los conejos, como había hecho su familia toda la vida. Las veces que Andrés se iba a trabajar fuera, los hermanos más pequeños le cubrían. Siempre vigilantes por si llegaba alguien. Cuando ese era el caso bajaban en el burro, esperaban a los visitantes y los acompañaban en el doble camino de ida y vuelta, esperando que la propina fuera sustanciosa. Las cuevas eran una fuente más de ingresos para la maltrecha economía familiar, como los conejos o los espárragos. Me cuenta mi compañero de cervezas que un día iban hacia el pueblo con su padre en el burro, el coche que venía por la carretera paró y se asomó por la ventana una voz que repetía: las pinturas, las pinturas… Manuel Mañez como siempre dijo: «el zagal os lleva». Pero aquella vez fue distinto. Se montó en el coche, los llevó a las cuevas y cuando se fueron le dejaron una propina de cuatrocientas pesetas, «¡80 duros de los años sesenta!», como momento más impresionante y agradable de su vida nunca se le olvidará ese instante. Eran extranjeros y muy rubios. También me cuenta que había que llegar a acuerdos con los dueños de la finca, siempre desde posición dominante para ellos, pero se llegaba. El hecho de que la cueva se encuentre en una propiedad privada siempre ha sido un «handicap» para la puesta en valor de las pinturas. En los setenta la familia dejó la Herrumbrosa y se trasladó al pueblo. Se alegra mucho cuando le cuento posibles nuevas sobre las cuevas y el entorno. Ahora lleva mucho tiempo sin ir por allí, pero dice que en junio va a ir, porque conoce un sitio donde se dan los mejores caracoles de la zona.

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