Hemos visto como el pueblo se forma con la llegada de medinenses en busca de nuevas oportunidades y de emigrantes, fundamentalmente del Valle del Genal y del Guadalhorce, que conocían esta zona de las campañas de siega. Hasta 1878 (inicio de la crisis de la Filoxera) la decisión de quedarse a vivir aquí podía venir motivada por haber tenido una gran trifulca con otras cuadrillas en los caminos, como por ejemplo los Guillen de Guaro, por el hecho de encontrar pareja entre los segadores/as o por el simple deseo de intentar mejorar las condiciones de vida, siempre encontrando un punto de equilibrio entre los factores de repulsión y los de atracción. Es decir, la llegada de nuevos pobladores no se producen porque existan solamente buenas condiciones para empezar una nueva vida o que las expectativas de mejora en la zona de origen sean escasa, sino por la puesta en contacto de ambas. Una vez que se establecían en el pueblo, la forma de vida está marcada por el trabajo agrario. De nuevo recurro a Mintz para contarlo, refiriéndose a finales del siglo XIX: “Ya que el pueblo está situado al suroeste del municipio de Medina Sidonia, a diecinueve kilómetros de Medina, y junto a la frontera que separa Alcalá de los Gazules y Vejer de la Frontera, los hombres de Casas Viejas siempre han proporcionado la principal fuerza laboral para esos latifundios que están demasiado lejos para los jornaleros de otras poblaciones. Los hombres eran contratados para preparar los campos para el sembrado; y posteriormente trabajaron en la escarda, el cultivo y la colecta de las cosechas”. Para la siega de cereales, fundamentalmente trigo, no eran suficientes los habitantes de Casas Viejas y por ello eran necesario la presencia de segadores forasteros. Por los libros de nacimientos se constata la presencia de muchos almerienses, sobre todo de Adra, granadinos, de Gualchos, de Hueneja, de l
a Alpujarra, pero sobre todo de malagueños, del Valle del Genal. El modelo de latifundio tradicional que se impone basado en una mano de obra abundante, barata y sumisa que no hace necesaria la mecanización se caracteriza por demandar una elevada cantidad de trabajo en momentos muy concretos del año, por ello, la necesidad de las cuadrillas de forasteros, que trabajan en familia y normalmente a destajo, al igual que luego va a ocurrir en los años sesenta, del siglo XX, con el algodón. Pero la siega duraba poco, no más de un mes, volvemos a Mintz: “ Su empleo fue breve y dependiente del clima. Con las lluvias de invierno se acababa el trabajo, cuando las lluvias cesaban, la tierra estaba frecuentemente demasiado llena de barro…Para sobrevivir las semanas y los meses de desempleo, uno necesitaba ingenio, iniciativa y ayuda de la familia. La aldea tenía la suerte de que el clima relativamente suave y de que el campo proporcionaba abundancia de verduras silvestres, frutas y caza. De otoño a verano, los cactus dispensaban higos chumbos que podían comerse en la mesa o molerse con cáscaras de grano y utilizarlo para cebar a los cerdos. Durante los meses de invierno, hombres y muchachos recorrían los campos buscando caracolesescondidos bajos rocas y plantas. Jose Monroy ganó su apodo de “Bailaor” compitiendo con otros campesinos en la busca de espárragos silvestres… Los buenos cazadores podían añadir un conejo a la dieta familiar de vez en cuando. Otros atrapaban pájaros para comer en casa o para venderlos…”. En definitiva, asistimos a la proletarización del campesino convertido en jornalero. Las condiciones de vida de este son pésimas y su lucha por mejorarlas va a marcar el siglo XX. Una lucha jalonada por numerosas derrotas. 