Ahora, eso sí, en San Juan y en Santiago y Santa Ana, todo este espacio se transformaba en escenario festivo: uno de los recuerdos lejanos de mi niñez, pero que nunca olvidaré, fue una charlotada en este mismo patio en la cual la atracción principal era el entrañable cojo Romero que, aunque evidentemente era un experto con la muleta, sin embargo, ese día ejerció de picador cual Quijote bigotudo a lomos de un descendiente directo del rucio de Sancho Panza, muleta en ristre intentando abatir un laberítico Minotauro de cachondos camuflados.
Y por la noche en la terraza que da a la carretera, pasodobles de acordeón y simulacros de orquestas contemplando al compás del baile el cercado del cura en primer plano, seguido de las vegas del Barbate y del Álamo, y al fondo las sierras y Alcalá…. si el levante lo permitía.
Pero llegó al pueblo el Coca-Cola y la Casera, Elvis y Paul Anka, el vino embotellado y la ginebra de marca, el rock y el pop, el whisky y el vodka, los Beatles y las Yenka, el Dúo Dinámico y Raphael…
El primer pick-up sonaba a toda voz en las escaleras de la tienda de Isabelita Estudillo y mientras La Cueva se convertía en el primer salón de juegos de Benalup con sus futbolines y billares, los jóvenes necesitábamos bailar como veíamos en las revistas e incluso en los primeros televisores. Y sólo había dos maneras: una, que hubiera fiesta en alguna de las casas pudientes en las que generalemnte se buscaba novio para la chica casadera; la otra, montarla por nuestra cuenta, es decir, reunir dinero, buscar una casa prestada, comprar las bebidas, cargar con el tocadiscos de pilas y con los discos singles que te cortaban el punto porque los tenías que cambiar continaumente. En estos guateques destacaban dos grupos principales en aquella época: los estudiantes que nos juntábamos en verano y vacaciones que conseguimos, después de celebrarlos en varias azoteas, la fábrica de la luz anbandonada donde paradójicamente lo hacíamos a la luz de las velas y jugándonos la vida sobre un techo de madera con enormes agujeros tras la retirada de las máquinas. El otro grupo lo formaban trabajadores y otros jóvenes que estaban aquí todo el año, que tenían dos habitaciones separadas por un tabique que, ni cortos ni perezosos, cuando organizaban un guateque – al ser varios de ellos albañiles- tiraban el tabique que levantaban y enlucían al terminar la fiesta.
En la primera fotografía aparece el autor del pregón con gestos característicos, en la segunda de santo, con Justo Fajardo

Salustiano: Medio un subidón por la sorpresa al abrir este BLOG y ancontrarme en esta vieja foto con un entrañable compañero de estudios de que siempre he guardado unos buenos recuerdos. Mis mejores augurios para este Blog y que se llene de información recordando esas décadas que tanto recordaremos pues son las referenacias de nuestro pasos oir esta vida. He disfrutado recordando esos guateque, bailes al compás del tocadiscos a pilas y los discos que saltaban, se rallaban etc. Un abrazo para EL SANTO a quién siempre recuerdo pero que no me escribe ( estárá muy entretenido con las "pamplinas" de su Blog). Gracias, Salustiano.