Como no acordarme de la confitería de María Mateo y de Antonio el Molinero, con ese bulto en la frente y esa forma de llamarme «sebastianito» con su voz carraspera. O la tienda de tejido de Perales. O el estanco de Ana María y Miguelín, ahora tres veces más grande que antes. O debajo del bar de los «viejos» la Caja de Ahorros de Jerez (antigua escuela de arriba de don Manuel Sánchez), que tenía un descansillo donde cobijarse de la lluvia y donde lloraban los niños cuando los reyes Magos recogían sus
ilusiones escritas. O la discoteca Júpiter de Andrés, con todo ese misterio que tenía para los más jóvenes, con ese olor a pescado cristiano que desprendían las parejas al salir; ahora es un antro y mejor me callo. O la parada de taxis, que todavía conserva el teléfono estruendoso que los taxistas tardaban en contestar.
(Ay, el tiempo que vuela y deshoja las páginas de los calendarios, ¡quien te pillara y enterrara!)
Creo que mi nostalgia, por ahora, no da a más. Estos ojos, que son cuatro ojos, siguen viendo la película de los años que éramos más felices y nada nos preocupaba. Estos ojos, arañados como la tapa de un cristal de un reloj, retroceden la calle San Juan hasta posarse en mi patio particular, la alameda en la que me crié y ver jugar a los niños a la pelota, con cuidado de salir por patas si llega Félix o Chani el municipal (que se las gastaba peor); teniendo habilidad para no embarcar el balón en lo de Nicolás Vela(que se las quedaba y amenazaba con rajarla. Después su hijo Jairo nos la devolvía), parando el juego cuando pasaban las mujeres que iban a misa de ocho; intentando marcar en la portería más alejada de la iglesia, que todavía hoy consiste en dos árboles, o en la más cercana: las dos columnas de las que cuelgan cadenetas de hierro de las que casi todos, seguramente, nos hemos caído al balancearnos con su
oxidado chirriar.
Aquel mocoso que fui, acaba de marcar un gol en la portería de la iglesia con la ayuda de las lozas levantadas por las raíces de los álamos negros y el borde del escalón que tanto preocupaba a las madres con niños chicos. Y ese chavea fuerza un poco sus ojos prismáticos y contempla cómo desaparecen junto a la parroquia, los dos arriates que usábamos para jugarnos los bolindres en un triángulo que se dibujaba en la tierra con el dedo… Observa el chaval cómo los albañiles levantan las lozas blancas y rosas que saltábamos sin poder pisar uno u otro color. Desaparecen también, sin avisar, una cabina de teléfono y, justo enfrente, una columna de ladrillo tosco que tenía un azulejo con la última cuarteta del poema Jornaleros (del libro «Viento del pueblo» de Miguel Hernández) que conmemoraba el cincuentenario de los Sucesos:
España, loma a loma,
es de gañanes, pobres y braceros.
No permitáis que el rico se la coma,
¡Jornaleros!
Miguel Hernández
CNT-ANDALUCÍA
