Coronaba dicha columna un motivo que mezclaba engranajes, muelles, cadenas y demás aperos de labranza, alrededor de un chambiri hacia arriba. Hoy se encuentra en una plaza de la barriada del Matadero. Yo creo, y es mi opinión, que con tanto Benalup-Casas Viejas deberían devolverla a su sitio original. Todavía no me explico por qué se la llevaron de la alameda y por qué hicieron desaparecer aquella columna con ese azulejo. ¿Molestaba acaso? Ya sé que en una nueva plaza van a colocar un monumento más grande y más moderno sobre los sucesos (cosas que me parece acertada y lógica). Pero el encanto de aquellos versos y de aquel motivo tiene su razón ahí, en la Alameda, remomerando la barbarie que siguió al eco de las pisadas de la Guardia de Asalto calle San Juan abajo. Ahí, donde estuvo desde un principio.
En fin. Ya no existen el paquetito de a duro de cromos de cartón, ni los flag (polos congelados) de 4 pesetas -ni la peseta-, ni el niño temeroso de Dios (bueno, algo queda) del padre Antonio González. Tuerzo la vista, cansada de tanto recordar, y contempolo a mis tíos Rafael y Catalina viendo la tele en lo que fuera la tienda de mi abuela y de mi tía. La tienda de la que cogía casi de todo, la casapuerta a la que se asomaban los jóvenes para pedir «una litrona, Catalina» que iban a beberse a la parte de atrás de la carpintería de mi tío Juan, a la calle del «Alcohol».Se han deshojado muchos calendarios desde entonces. Hoy domingo hay niños jugando en la alameda, niños que comentan el último juego de «pleisteichon», niños que no conducen ni orbeas, ni geacés, ni beaches, ni torrots, sino bicis de montaña… De pronto creo adivinar los fantasmas de las «tías» Mercedes y Luisa mirando, como siempre, a través de la ventana la gente entrar en la iglesia, que ahora tiene campanario, pero que se está desconchando de azulejos por la parte superior. Casi siguen siendo las misma personas (sobre todo mujeres) que van a rezar el rosario, a escuchar, diligentes, misa diaria a la casa del Señor. A esa iglesia a la que mis padres no entraron a casarse.
Me estoy volviendo un blandengue con tanto recuerdo, pero me gusta. Creo que voy a esperar a que el viejo con barba de tres días, gorra y gafas de carey negras sujetas con un elástico a la cabeza, que ha salido de la casa de mi abuela con una burra (en la foto), se pierda al torcer la calle San Juan, camino de su huerta, para tomarme una pastilla contra el olvido.
Y contra la música a todo volumen de los coches de algunos capullos, y el ruido de los vespinos y las motos que conducen los niñatos (lo siento, tenía que decirlo).

Fran Sánchez Mazo (A los mayores, que me cuentan lo que hubo antes) Las fotos de Mintz

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