Esta semana le ha tocado el turno a Ágora. Me ha encantado el mensaje y fondo de la película, el principio y final tipo Gran cañón y los insignificantes que somos nosotros y nuestros avatares diarios ante el cuasi infinito cosmos, pero me he aburrido en muchos de los tramos intermedios. Cuando han encendido las luces del cine Cite los Barrios me he percatado que la amplia sala estaba a rebozar. Hacía mucho tiempo que yo no veía una película con tanta afluencia de público, me ha recordado a cuando niño disfrutábamos con las películas de romanos, del oeste o de Kárate con el cine hasta los topes. Cuando he visto a tanta gente también me ha venido a la mente la anécdota de la bandera blanca que colocaron una vez en la torre de la Iglesia de mi pueblo (porque un ilurquense se ordenaba cura), y Ozelui se creyó que se rendían. Dice Amenabar que no es una película anticristiana, sino antifundamentalista. A mí me parece que tiene un planteamiento pelín maniqueo, donde los cristianos son los más malos de los malos. También me ha dado la impresión de que en su afán por mezclar el cine de Hollywood con el de autor a modo de consenso, le pasa como a todos estos tipos de acuerdos, siempre gana uno, y en este caso el cine comercial. He leído después en internet que falla el guión y que en el montaje final se debilitó la parte científica para darle fuerza a la lucha contra el dogmatismo. Pero hay otras muchas cosas que me han gustado. «Una denuncia a la intolerancia, un retrato épico de los últimos días del Imperio Romano y de una mujer a contracorriente y un homenaje a la astronomía», es una historia de lucha de poder, entre la ciencia y el fundamentalismo, entre el poder político y el poder religioso y entre el sistema de producción esclavista y el feudal. Aunque los malos salgan muy mal parados y los buenos (la mujer, la ciencia, la cultura clásica, la tolerancia…) sean muy buenos perdedores, yo me he quedado con esa defensa del antiborreguismo y de la duda que defiende. Hay una frase central que para mí, junto el principio y el final de la película es lo mejor. Discuten Hipatia, la filosofa, astrónoma y matemática, con su exalumno Sinesio de Cirene, que en ese momento ejerce de obispo. Él le arroja la razón de estado para que deje a un lado su coherencia y se convierta en un rinoceronte más de Ionesco, ella le dice que es imposible, que trabajan en dos lenguajes distintos, él en el de las certezas, dogmas y verdades. Ella, como científica, en el de las dudas, controversias, interrogantes y cuestionamientos. Cuando era pequeño y salía de ver una película de romanos, del oeste o de kárate lo primero que hacía era imitar al protagonista matando con la espada o pistola al imaginario malo o gritando a modo de Kunfú. También dábamos alaridos cual Tarzán si la película era sobre él. Por ello, no solo recomiendo que se vaya a verla por el tema político-histórico de fondo, por lo bien que retrata el fin del mundo clásico y la llegada del mundo medieval, sino también porque uno sale con un pelín de más fuerza para aguantar a los intolerantes, cerrados, abanderados y sectáreos que anden sueltos. Y vienen tiempos en donde nos va a hacer mucha falta.
