Muchas de estas actuaciones no se hubieran realizado en nuestros días, pues la Nueva Cultura del Agua viene incidiendo en que los ríos tienen que contemplarse como ecosistemas complejos y valiosos, y no como meros canales de agua. Que los ríos son cauces que llevan agua y vida, que las marismas son terrenos inundables, que las lagunas son depresiones que se llenan de agua, y que los bosques son esponjas que disminuyen las escorrentías, reducen la erosión y favorecen la recarga de los acuíferos, son verdades de Perogrullo que han sido obviadas durante décadas por los responsables de la política hidráulica, agrícola y urbanística en nuestro país”.
La Laguna de la Janda con su “padre” el río Barbate no sólo ha dado nombre a esta comarca, sino que también la llena de implicaciones ecológicas, físicas, económicas, culturales… Y esto es así, fue y será. Termino esta serie con otro fragmento del libro del Río Barbate, editado por la Agencia Andaluza del Agua y que se puede comprar, como he hecho yo, por Internet, un artículo de José Díaz Quidiello que ejemplifica magníficamente lo anterior: “Todo río merecedor de tal nombre tiene al menos dos
historias. Una ocurre aguas arriba, en las montañas de su nacimiento. Otra en las llanuras y la cercanía del mar. El Barbate, verdadero y legítimo río, cumple esa norma. El contraste de los paisajes y las sociedades entre su nacimiento y su desembocadura queda bien ejemplificado históricamente si trazamos una mirada al mundo de las almadrabas del litoral en los tiempos del señorío de Medinasidonia y, río arriba, nos asomamos (siglo XVIII) al Desierto Carmelita de la Garganta del Cuervo. Frailes y atuneros, distantes y distintos grupos sociales, pero unidos por un río y su cuenca, por la presencia omnipresente de los Duques y, quizás también por formas de picaresca propias a una y otra comunidad. Atuneros y frailes que, desde la distancia y el aislamiento, irrumpen sin embargo en la vida cotidiana de los pueblos de la cuenca, sometidos estos a una existencia más estable, a una vida cotidiana marcada por trabajos y ritos seculares”.
Evidentemente, tomándole prestado el título de una novela de José Luis Sampedro, el Barbate no solo es el río que nos une, sino también el que nos lleva, nos llevó y nos llevará.
Las fotos las he cogido de internet. La primera sé que es de Luís Castrillón.
