Podemos constatar como se le daba tanta importancia a la historia y a la religión en la educación franquista para imponernos no una forma de pensar, de ser o actuar, sino un dogma. Y para ello se utilizaba una metodología concreta. Sigo con Sopeña:«Jerarquía, obediencia, disciplina: otros que tal bailan; pilares de la sociedad natural, de la gran hermandad; claves de la convivencia integrada y armónica en aras del bien común, del engrandecimiento patrio… Dicho de otra forma: sacralización de las desigualdades, caudillismos y oligarquías; negación de los derechos elementales y tumba de reivindicaciones. Jerarquía, obediencia disciplina…; resignación, conformismo, sumisión». No me gusta esa concepción de la enseñanza y hasta me asustan algunos ramalazos o tic que puedan quedar de ella. Será por ello que me dan escalofríos recordar cuando tenía que escribir cien veces «no tengo que hablar en clase», la inmensa injusticia que me parecían los frecuentes castigos colectivos o cuando tenía que aprender de memoria aquello de «Seselanocaleal» para responder que los hombres de la meseta eran Se-ncillos, se-rios, la-boriosos, no-bles, ca-ballerosos y leales. Pero lo que más miedo me da es identificar jerarquía con resignación, obediencia con conformismo y disciplina con sumisión. El epílogo del libro lo termina Andrés Sopeña de tal forma que deja cierto resquemor y preocupación, al mismo tiempo que le da sentido a las cenizas del título de esta entrada:«La mentalidad- el talante, si se prefiere- de una sociedad, la manera que ésta tiene de entender y de afrontar la realidad, no es ajena a su pasado. Menos, a las estrategias que en ese pasado articularon el complejo entramado de dominio, legitimación, imposición y reproducción que es la escuela».
A lo mejor resulta que algunos de los problemas que tiene la escuela actual viene de nuestro pasado, de nuestra triste historia, de como decía Aute » …quien pone reglas al juego se engaña si dice que es jugador, lo que le mueve es el miedo de que se sepa que nunca jugó…«. Y a lo mejor deberíamos plantearnos soltar amarras para probar con aquel axioma de Tomas Jefferson: “Contra los excesos de la libertad sólo hay una solución: más libertad”.

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