En el Antiguo (antiguo) Régimen la división de la sociedad estaba clara con aquello de los oratores, bellatores y laboratores, Con esta división de la sociedad se justificaba legalmente que unos tuvieran una serie de privilegios (nobleza y clero) y otros estuvieran condenados a trabajar. Por tanto, el trabajo estaba mal considerado, era lo que se denominaba “el principio de la deshonra legal del trabajo”. En España habrá que esperar al Despotismo Ilustrado (“todo para el pueblo, pero sin el pueblo” ¿?) para que empiece a valorarse el trabajo. Así, Carlos III con la famosa Real Cédula de 1783, suprime “la deshonra legal del trabajo”. Aunque determinados ámbitos como en el del latifundismo andaluz, esa deshonra ha durado demasiado tiempo. Dejando a un lado los matices, podemos decir que con la Revolución Francesa llegó el fin del Antiguo Régimen y con ello la dignificación del trabajo. Con la excepción de las mujeres. Durante todo el siglo XIX y principios del XX fue pareja la lucha por la incorporación al trabajo y por la adquisición de derechos políticos femeninos. En la segunda república fueron evidentes los resultados de esta lucha, si bien el franquismo, como en otros aspectos, significó una vuelta atrás. Llegada la democracia, la mujer se incorporó al mercado laboral, primero y al político después con toda la rapidez de las que han sufrido una injusta represión y han sido ninguneadas durante mucho tiempo. En el campo, la mujer seguía sufriendo los fuertes perjuicios de la tradición patriarcal. Así lo cuenta Agustín Coca en Los
Camperos : “Las mujeres del grupo familiar se empleaban en distintas actividades. Además de los trabajos relacionados con la preparación de los alimentos para los trabajadores y el grupo domésticos, a cargo de las mujeres de la casa estaba el amasijo y cocción del pan, el cuidado de las aves del corral, los cochinos, las recolecciones del huerto, el mantenimiento y limpieza de las dependencia y enseres familiares (aljofifados, encalijos, lavado de ropas, etc) así como el cuidado y mantenimiento de los hijos pequeños y de los mayores. La participación de las mujeres sigue una lógica que se nutre de toda una serie de obligaciones no reconocidas socialmente, tal como sucede en el ámbito familiar. Gran parte de su actividad se sitúa en trabajos considerados como “ayuda familiar” o bien como tareas que realmente son necesarias, pero que no se contabilizan como tales. Es cierto que las mujeres pequeñas propietarias no trabajaban fuera de la explotación familiar. Dentro, su aportación llega a ser imprescindible en la mayoría de estos grupos domésticos campesinos en tareas asignadas a priori a los hombres”.
