Literalmente Catalina Silva Cruz no es la única y última testigo de los Sucesos de Casas Viejas, porque otros personajes como Pedro Moya Paredes o Antonia Jordán Casas siguen entre nosotros. No obstante, ese es el título de un interesantísimo artículo y a mí me ha parecido conveniente publicarlo en este blog.“Catalina Silva Cruz. La última testigo del crimen de Casas Viejas”Revista Maginaria. Revista de la Delegación de la Mujer del Ayuntamiento de Sevilla
Se llama Catalina Silva Cruz, nació en 1917 en Casas Viejas (Cádiz), desde 1939 vive en el sur de Francia en compañía de su hija, de un perro, varios gatos y del montón de animales que pueblan el amplio jardín de su casa. No es el paraíso social del que oyó hablar en su juventud. Pero ha tenido un destino mejor que el de otras miles de mujeres que para salvar la vida, como ella, tuvieron que marcharse de sus pueblos y dejar atrás casas, familiares y amigos.
Su vida no ha sido fácil: ha conocido dos guerras y el alcance de la furia del caciquismo y el Leviatán estatal. Vio como su familia –padre, tíos, abuelos y primos- era diezmada en nombre del sagrado principio de autoridad en enero de 1933. Cuando un gran número de campesinos de Casas Viejas pensaron que la campana del reloj revolucionario tocaba a rebato. Desde entonces le ha acompañado el recuerdo de aquella vigilia sangrienta y alba asesina. Ni una noche se le han dejado de aparecer el humo de la castañuela quemada y las lenguas de fuego que iluminaban la fría noche invernal, ni ha dejado de oír los insultos de los guardias y los gritos de quienes en la choza sabían próximo su fin. Tuvo que dejar su pueblo de nacimiento y asentarse en otro vecino.
Apenas tres años pasaron hasta que los de “toda la vida”, los que pensaban que con la democracia republicana se “había perdido el respeto” ordenado por su dios, levantaron el puño de hierro militar para golpear la mesa y desalojar de ella a las hormigas que creían que podían comer algo más que las migajas. Otra noche de horror durante la que fueron masacrados hasta una quincena de hombres y mujeres de Paterna. Nada justificaba semejante matanza. Sólo el deseo genocida de eliminar a cualquiera que pensara que otra sociedad era posible. De nuevo los hombres huyeron al campo, las calurosas noches se volvieron amenazantes y el miedo reinó.
No había pasado un mes cuando secuestraron a su hermana María, “La Libertaria”, la joven que se había salvado de la choza quemada. No la volvería a ver. Cada vez estaba más claro que, en esta ocasión, el cirujano no iba a parar de amputar hasta dejar a España sin aquellos que consideraban células cancerígenas. Una noche de agosto, como otros miles de hombres y mujeres de la comarca, se lanzó al campo con la esperanza de llegar a la sierra, a donde los golpistas habían fracasado. Dos días tardó, pero lo consiguió. Era el comienzo de un largo camino que no se detendría hasta casi tres años más tarde en una ciudad de la que nunca había oído hablar: Montauban, en la que parecía lejana Francia, la que, por miedo a los revolucionarios españoles, le negaba ayuda al gobierno constitucional que compensara el abierto apoyo que la Alemania nazi y la Italia fascista prestaban a los sublevados.
