De momento, la ciudad de Montauban había quedado asignada al remedo de gobierno del general Petain. Como Burdeos donde José continuaba prestando el servicio comunitario que debían hacer los españoles en compensación a la acogida recibida. La dificultad, la soledad y el miedo aumentaron. Apenas sobrevivían los fuertes y los que tenían suerte. “Con veinte años nadie podía conmigo” dice hoy a sus hijos. Así evitó que la devolvieran a España en aquel tren en el que viajaba con otra conocida, la jerezana María Luisa Cobos, anarquista como ella. A base de gritos y golpes lograron que el convoy se detuviera a unos pocos kilómetros de la raya y que los gendarmes le concedieran la posibilidad de escoger entre el campo de concentración o el cuartel nacionalsindicalista franquista. Tuvieron la suerte que no tuvieron los hombres y mujeres del tren que partió de Angulema y murió en Mathausen. Tres convecinos suyos, también marcados por los sucesos de 1933, quedaron para siempre abonando aquellas tierras austríacas.
Tras la derrota en España, Catalina ahora sentía pegado al cuello el aliento del colaboracionismo de un pueblo que se evadía cantando y de la implacable represión de quienes se consideraban elegidos para eliminar de la tierra a quienes consideraban inferiores. Los “rojos” españoles estaban entre ellos. Junto a los judíos, los gitanos, los disidentes políticos, los homosexuales y otros. Sobre todo desde que el gobierno franquista se desentendió de la suerte de aquellos que se mantenían contumaces en el error y apenas eran otra cosa que una horda que no merecía vivir. Además, pronto, los ocupantes vieron que entre quienes se les oponían saboteando trenes e industrias, atacando a soldados y organizando guerrillas en montes y bosques se encontraban muchos de esos “apátridas” que habían soñado con un mundo sin patrias.
Se impuso apenas salir a la calle, salvo para lo estrictamente necesario, encontrar recursos trabajando en el campo y mantener la casa siempre limpia de cualquier cosa que pudiera levantar sospechas. Los españoles seguían sin estar bien vistos y siempre podía haber un vecino deseoso de agradar que se fuera de la lengua. No eran raras las visitas de la policía y los alemanes a las casas en busca de resistentes y judíos. La casa de la señora Insúa y su hijo terminaría por convertirse en estafeta de los libertarios que conspiraban a uno y otro lado de la frontera. De nuevo, la discreción y la suerte le libró de un registro de soldados alemanes y de las consecuencias de un fallido paso por la frontera de un grupo.
Las derrotas alemana e italiana en el Norte de África, los desembarcos aliados primero en Italia y después en Normandía y la creciente actividad partisana intensificaron la represión. Una mañana los habitantes de Montauban se encontraron con los cuerpos de cuatro maquis colgados de los árboles de la plaza Petein. Catalina y su hijo Agustín se instalaron definitivamente en el campo. Algunos bombardeos se sentían cercanos.
Finalmente, lo esperado llegó. Renacieron las esperanzas y Catalina y su hijo Augusto, José había muerto ya, se reunieron de nuevo. No volverían a separarse y, en los años siguientes llegarían Estrella (1949) y Universo (1952). La CNT se reorganizó públicamente y los actos se sucedían, como se contaban los días que faltaban para volver a España. Pero los días pasaron y el ansiado retorno no llegaba. Por el contrario avanzó la certeza de que el exilio siempre vivido como temporal podía convertirse en definitivo.
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