Como todo nieto que se precie en mi infancia mis abuelos eran los mejores del mundo. Mi abuelo por parte de padre era pequeño propietario y murió en la guerra civil, porque “sabía leer y le gustaba la cultura”, lo mataron los nacionales, no sabemos aún donde reposan sus restos. El otro abuelo, por parte de madre, era gañán. Yo no sabía muy bien lo que era eso, pero debía ser algo bueno, porque trabajaba en la casa de un señorito con muchas tierras y por su fidelidad había conseguido que “en los años del hambre en su casa no faltará casi de nada”. Además, cuando íbamos a coger aceituna a jornal o a cuenta a los Cortijuelos (salvando las distancia como las Lomas aquí) había una cuesta que la llamaban el “pecho bellota”, era tan empinada que nadie la podía arar salvo mi abuelo por eso llevaba ese mote.
León Felipe decía:
un abuelo que ganara una batalla,
retratado con una mano cruzada en el pecho,
y la otra en el puño de la espada!»
/España, loma a loma,/
es de gañanes, pobres y braceros./
¡No permitáis que el rico se lo coma!/
¡Jornaleros!
No casaba del todo con el concepto de gañán que yo tenía de mi abuelo Antonio Bellota. Me di cuenta de cómo los hijos tendemos a encumbrar a los padres cuando leí el libro de Mintz sobre Los anarquistas de Casas Viejas.
Las gañanías son los lugares que se habilitaban en los cortijos para que los campesinos o jornaleros durmieran. Por tanto, los gañanes son los que duermen en la gañanía. Además, aquí pasaban gran parte del escaso tiempo libre que tenían estos gañanes, así, además de dormir, comían, contaban historias y leyendas, se hacen labores artesanas, se canta,… De hecho, el flamenco va a tener una relación muy estrecha con la gañanía, porque este cante se va a convertir en un instrumento de diversión, de desahogo y de reivindicación en ese contexto jornalero.

Para mayor información sobre el tema, consulten el libro "FLAMENCOS DE GAÑANÍA", Estela Zatania (Ediciones Giralda, 2007) ISBN 978-84-88409-70-6