Jugaba Eslovenia y EEUU mi hijo Salus me dijo que quería que ganara Eslovenia, al preguntarle la causa, me respondió que porque estaba más cerca. Ayer los periódicos nos inundaron con la noticia de la muerte de José Saramago, este portugués hijo de jornaleros que había nacido en 1922 en Azinhaga, Ribatejo, a 100 kilómetros al norte de Lisboa. A los tres años su familia tuvo que emigrar a Lisboa, donde muy pronto abandonó la escuela para trabajar en un taller, al tiempo que devoraba libros en la biblioteca del barrio. El primer Premio Nobel que recibió la lengua portuguesa ha sido un referente para toda la izquierda del planeta. Afiliado al Partido Comunista, y a pesar de sus éxitos literarios, Saramago no dejó jamás de implicarse en todos los asuntos sociales y políticos. Saramago nunca olvidó sus orígenes, siempre supo de donde venía y donde quería ir, nunca perdió la humildad imprescindible para no perder sus señas de identidad. Creo que no fue un perdedor, pero siempre estuvo de parte de ellos. Con estos antecedentes la relación literaria con los Sucesos de Casas Viejas era irreversible. En el número 8 de la revista Tierra y Libertad en el otoño del 2000 escribió un precioso artículo sobre Casas Viejas. Entre otras cosas escribía: «Supe de Casas Viejas, como decía, no hace mucho, pero intenté suplir la tardanza del conocimiento con la sensibilidad que he podido acumular a base de vivir con los ojos abiertos y el corazón dispuesto. De esta manera, sólo por haber leído algunos artículos, pude conocer a los hombres y a las mujeres que creyeron que había llegado la hora de repartir todo entre todos, como debería haber sido desde el principio, si no hubiera prevalecido la ambición desmedida -criminal- de algunos. Enseguida me apercibí de que esos hombres y esas mujeres estaban hechos de buen material y comprobé, una vez más, que los sueños son efímeros y a veces terminan en pesadilla«. O cuando escribe:«No sobre el honor, que ese está a salvo, entre otras razones porque hoy, todos los que nos aplicamos al recuerdo lo reivindicamos y lo preservamos. La traición y la iniquidad se cebaron, sí, con la vida y la memoria de los hombres y las mujeres que intentaron construir no un paraíso en la tierra, sino una tierra habitable para todos». Me parece imprescindible esa referencia al doble crimen, contra «la vida y la memoria». Últimamente estoy trabajando con los expedientes judiciales de postguerra, en los que los protagonistas fueron casi los mismo que en el 33 y todas las sensaciones se pueden resumir esta apreciación de Saramago en el citado artículo: «La historia es clara cuando se mira de frente. Sabemos lo que ocurrió porque hemos visto los gestos de unos y otros y sus consecuencias. En Casas Viejas, en el 33, se ensayó el 36 y los actores de ambas funciones eran los mismos». Cuando me empeño en explicar que la memoria histórica no tiene nada que ver con la revancha y sí con la dignidad, termino recurriendo a este artículo de Saramago: «Casas Viejas no nació en el 33, cuando algunos de los suyos proclamaron la implantación del comunismo libertario. No nació con la masacre ni con el miedo que luego legítimamente, se apoderó de todos. Casas Viejas existía antes, pero ese día de enero del 33 se explicó a sí misma con otras palabras y contó, quizás sin pretenderlo aunque de forma rotunda, que a la historia de la infamia le faltan muchos capítulos pero la historia de la dignidad también había crecido». Y por último, hay gente que no entiende o no digiere como estando en el poder la coalición republicano-socialista ocurrió esta masacre contra 25 campesinos/as, para ellos y para todos, pueden servir las últimas frases de este lúcido artículo: «Recordar a los hombres y mujeres que se sublevaron contra el hambre y la injusticia de un sistema secular es un deber de bien nacidos. Recordar las trampas que le hicieron a la República para acabar con ella es una obligación».
Decía John Donne, en un poema que luego utilizó Hemingway para su novela «Por quién doblan las campanas»: «la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.” Ese sonido a muerte de las campanas se hace más penetrante y doloroso cuanto mayor es la cercanía del muerto a nosotros. Este es el caso de la muerte de Saramago, ya que por estar tan cerca de nosotros, lo consideramos uno de los nuestros.

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