Si la tragedia nace cuando dos personas creen honestamente que están en posesión de la verdad y sus puntos de vista son absolutamente distintos, hemos llegado a la tragedia. En este viaje he hablado con cientos, acaso con miles de obreros; conversé asimismo con altísimas personalidades de Cádiz, Sevilla y Málaga. (En número menos crecido; ya se sabe que los que triunfan en la vida son pocos.) Bien. Aquí van de la mano pobres y ricos, miserables y elegidos de la fortuna. Me limito, una vez más, a actuar de espectador, a copiar, si así se prefiere, lo que dicen unos y otros.
Dicen los ricos: Gran parte de la tierra andaluza no es cultivable. Hay zonas que no sirven ni para caza. El viento de levante acaba con todo esto.
Dicen los pobres: La tierra es susceptible de regadío. Hay fincas que lo prueban, fincas que todos conocen. Sin ir más lejos, un terrateniente horadó una montaña, hizo un desagüe hacia el mar y convirtió una laguna en una tierra fértil. Lo que pasa que los ricos no quieren arriesgar; que su dinero es cobarde.
Dicen los ricos: El obrero andaluz trabaja poco. Se conforma con ganar para ir tirando; cuando saca el jornal del día se va y lo gasta. He aquí un hecho real: en los tiempos que se obligaba a los propietarios a dar trabajo a un número determinado de obreros, un marqués estaba esperándoles. No llegaron. El marqués se fue hacia el sindicato para denunciar el hecho, y a pocos kilómetros vio a los obreros, que debían estar en su finca, tomando una copa de vino andaluz. Y les dijo: «¿Cómo no habéis ido a trabajar?» Y ellos contestaron: «Señor marqués, con este solecito tan bueno, ¿cómo vamos a trabajar?»
Dicen los pobres: El obrero andaluz trabaja como cualquiera. En el Norte hay líderes andaluces. En Suiza, en Alemania y en Cataluña el obrero andaluz es muy apreciado. Que pregunten en las minas de Asturias, en donde sea. El obrero que llega del extranjero trae dinero, lo que significa que no se conforma con ganar el jornal de cada día y gastarlo.
Dicen los ricos: El campo no da dinero. Lo que viene a rendir el campo es un 2 por 100 del capital que se expone. Una cosecha fantástica, casi milagrosa, da el ocho; pero en ocasiones pasan seis años seguidos con pérdidas. Nosotros continuamos con el campo por amor a Andalucía. ¿A quién se le ocurre poner un negocio a la interperie? Si el clima no ayuda, si llueve a destiempo, la catástrofe; si viene una peste se entierran miles de animales. Además, los gastos de mantenimiento de una finca son enormes. Un tractor cuesta una fortuna, y a los cinco años hay que prescindir de él y compear otro.
Dicen los pobres: El campo da dinero. Si perdieran dinero como ellos dicen, no comprarían cada vez más tierras y más casas en Andalucía y en Madrid; y se unirian todos para hacer una cooperativa de maquinaria. Ahora, sin embargo, cada propietario tiene sus propios tractores y sigue siendo dueño de poblados enteros.

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