El periódico Ya en 1968 envió dos semanas a su periodista Pedro Mario Herrero a hacer un reportaje sobre el campo andaluz. Los artículos resultantes se publicaron en el citado periódico y luego en un libro llamado El campo andaluz. El prólogo termina así: «Si hiero a alguien, tómelo como carga del oficio: buscar la verdad no es fácil y decirla es crear automáticamente una víctima». Voy a publicar dos artículos; uno títulado Misa en Nájera y el otro Las dos razones, por ser los dos artículos que más nos atañen.
Najera. Tampoco viene en el mapa A 50 kilómetros de Cádiz, cercano a Vejer de la Frontera, a Cantarrana. Choza. Pequeños arrendatarios de míseras hectáreas. Cactus.
Ruedan las sies de la tarde de un sábado por Andalucía. En los cruces de caminos, las muchachas jóvenes esperan al cura que viene a decir misa. Se oye un ruido extraño, un golpear seco yduro. Camino guiado por él y llego hasta una casita pequeña, de un solo piso. Es la escuela; también es la iglesia. Fuera no hay una cruz, nada que distinga el lugar sagrado. Fuera, colgado de un árbol, hay un hierro redondo y un muchacho con una gran piedra, lo golpea. Es la campana, señor; es el ruido seco y duro que llama al poblado, que es una verdadera isla, porque a los doscientos metros, una valla marca los dominios de un gran terrateniente: una finca de doce mil hectáreas.
Mientras el cura confiesa en la parte de atrás de la escuela, charlamos los cuatro hombres que vamos a oir misa. Manuel Morales, en agosto, tuvo poca fortuna. Iba con la moto por la carretera; era de noche y de pronto el golpetazo contra una vaca. Seis costillas rotas, directametne al hospital, la moto convertida en un montón de chatarra. Como está prohibido que las vacas circulen a la noche por la carretera, llegó la Guardia Civil, miró el hierro de la res, comprobó y levantó atestado. Según Manuel estaba muy claro quien debía pagar los gastos, pero hasta ahora, y van dos meses, el compadre Morales no ha recibido ni un céntimo.
Un viejo, alto, gorra visera, botas de vaquero, se rie cuando yo le pregunto si sacan de la tierra en alquiler las suficientes fanegas para encontrar al final del año 40.000 pesetas. Se rie, escandalizado. Yo, por aquí, pregunto, al parecer, cosas absurdas.
-Entonces, ¿qué hace una familia con cinco hijos?
El viejo no se pone triste. Contesta como la cosa más natural del mundo:
-Pues aprendemos a comer cada día menos.
Entramos en la iglesia. Treinta mujeres y cuatro hombres. Un altarcito sobre la mesa de la maestra, improvisado rápidamente por el cura joven. La escuela no tendrá más de ocho metros de larga. Los pupitres están apartados; los cristales de las ventanas, rotos. Surge de pronto una pequeña complicación: el cura se ha olvidado de traer velas. Como el pueblo no tiene luz eléctrica, parece normal que no exista problema. Pues sí. El cura habla:
-¿Quien tiene velas en casa?
Las mujeres cuchichean. Resulta que ninguna tiene velas. Pero tal vez las tenga Julia, que vive un poco lejos y que no pudo venir por aquello de la enfermedad. Un chavalillo parte velozmente hacia la casa de la afortunada. Vuelve resoplando, pero feliz, con dos pedazos minúsculos, pero suficientes para que el buen Dios tenga luz.
El viejo que aprende a comer cada día menos saca su mechero y amorosamente las enciende. El cura dice que los que quieran comulgar que levanten la mano. Todos la levantan.

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