El bar, en la plaza del pueblo, era una preciosidad antigua. No había nadie. Pero debajo de la botillería había un letrero inequívoco.
BAR RICARDO

Apareció un hombre.

—Usted es Ricardo…
—Eh…
—Bueno, Ricardín.
—Sí, es lo mismo.
—Mire, es que me han dicho…
—Comprendo.

En este punto me aturdí, porque no había dicho nada muy difícil. Mucho más cuando desapareció por donde había venido. Pero al cabo de unos segundos reapareció con un fajo de papeles debajo del brazo. Libros, fotos, periódicos. Ahí estaba la historia de Casas Viejas. Los trabajos de Mintz. Los del historiador Salustiano Gutiérrez Baena.
—¿Dónde estaba el cuartel de la Guardia Civil?
—Ahí, en el último edificio de la plaza.
—El que tomaron, ¿eh?
—Claro, cuál iba a ser.

Hablamos durante cerca de una hora. Ricardín dijo que odiaba a los periodistas. Es un sentimiento compartido. Como los prolegómenos fueron tan rápidos a mí no me dio a tiempo a decirle que yo lo era. Ahora me parecería desleal transcribir lo que le dijo al curioso veraneante. Por lo demás todo está escrito y fotografiado. Casas Viejas es, tal vez, el primer ejemplo español de gran reportaje de masas, con fotógrafos, enviados especiales y demás, liderados por el gran Campúa. Lo relevante es que de un suceso tan enorme en la época no haya quedado más traza en el lugar donde sucedió. Que en vez de un museo sobre el anarquismo andaluz haya un bar y en vez de una jefa de exposiciones, Ricardín. Yo lo prefiero, desde luego, pero el mundo no es de los borrachos.
Casas Viejas es muy importante. Por la muerte, obviedad. Pero también por la República. Para que se vea hasta qué punto es importante por y para la República hay que leer dos artículos. Este de Julio Camba. Este de Chaves Nogales. Va a épocas. Hay épocas en mi vida que me rindo a uno. Otras, al otro. La decantación sólo tiene una importancia personal. La trascendencia del hecho es siempre la misma.
El rato con Ricardín evolucionó hasta el ensueño. El hospedó en los sesenta a Jerome Mintz, que escribió un libro canónico sobre la memoria de Casas Viejas, disimulando ante la guardia civil y diciéndoles que estaba haciendo una antropología sobre el carnaval gaditano. Me mostró estas fotos. No creo que se enfade porque aparezcan en el cuaderno de un veraneante.
En la primera está Jerome con sus dos hijos. En la segunda, también con ellos, su esposa. Tienen la luz habitual de lo perdido. Creo que nada me habría gustado tanto como ser un americano en París.
Las dos fotos son de Mintz. El artículo me parece tan perfecto y redondo que sólo me atrevo a escribir que a mí me hubiera gustado muchísimo ser otra americano en París, o en Casas Viejas.

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