Pero no sólo los artículos de las tiendas estaban controlados también los de los bares.
La Agrupación de Almacenistas de Coloniales de la provincia de Cádiz le manda un escrito al alcalde de Medina con fecha de 5 de Marzo de 1940 que dice: “Cumpliendo órdenes recibidas de la Delegación Provincial de Abastos, tengo el gusto de adjuntarle relación de Sres industriales de esa población que pueden retirar café torrefacto de los almacenes de D. José Suñol de ésta, previo abono de su importe y en la proporción de 5 kilos por industria, rogándole lo hagan saber así a los interesados, dándoles una orden como justificante personal.” Adjuntaba el nombre de los 7 bares de 1940 en Benalup de Sidonia

Francisco Suárez Torres  ……………….. Nuestra Sª del Socorro
Cristóbal Torres Pacheco………………… J. A. Primo de Rivera
Manuel Flor Roldán………………………G. Franco
Antonio Barberán Romero………………. Cervantes
Antonio Fernández García
Ricardo Rodríguez Pérez-Blanco………… Nuestra Sª del Socorro
José Guillén Delgado

El control de estado se producía por ese intento mitad ideológico y mitad necesario de racionar la producción ante la escases. Como resultado del racionamiento nació el estraperlo del que haremos otros pots, pero sobre todo, el hambre y la penuria para los más pobres, pues los más ricos o los más afectos al poder compraban los productos que necesitaban en el mercado negro. Como dice Eslava Galán los pobres tuvieron que agudizar su ingenio y nació un nuevo tipo de cocina: «Los pobres recurren  a la bellota molida, a los potajes de trigo, a los altramuces, a las gachas negras de harina de algarroba, al pan de maíz. Se idean recetas novedosas: la ensalda de collejas, el revuelto de cardillos, el arroz de liebre al felino doméstico, el choto con ajos al can, el salchichón a la vetusta acémila, el cochinillo a la triquina… Los que pueden crían en un jaulón gallinas y conejos. Las adulteraciones están a la orden del día: los perros y gatos vagabundos se habilitan como carne de choto o de liebre. Una carnicería sevillana lleva expedidos mas de diecioocho mil gatos. Cierta acreditada industria lechera santanderina añade rutinariamente más de quinientos litros de agua diarios a la leche que sirve a su distinguida clientela. Peccata minuta comparado con lo que ocurre en Madrid, donde la leche y el vino se bautizan y rebautizan a lo largo de la escala de intermediarios entre el productor y el consumidor: cada día entran en la ciudad 200.000 litros de leche y sin embargo se consumen oficialmente más de 400.000, es decir la leche contiene un 40 por ciento de agua. Los que quieren beber leche sin hidratar pueden adquirirla a un precio superior al habitual en ciertas vaquerías que la ordeñan en presencia del cliente. Triunfan los guisos de arroz partido con ajo rehogado y laurel, conocidos como «arroz de Franco» o «arroz por cojones»; las «patatas a lo pobre» (patatas, laurel, pimiento, tomate y colorante), que admiten una variente simplificada, la patatas al Avión cuando se trata de patatas hervidas con laurel y la indispensable papelina de colorante marca El Avión. A falta de otra cosa, se hacen guisados de vaina de haba y sopas de peladuras de patata con un poco de tocino rancio que les presta sustancia. Las amas de casa tratan de suplir la penuria con ingenio. El cocinero Ignasi Domenech había impreso, en 1938, un libro Cocina de recursos, en el que ofrecía ingeniosas recetas para tiempos de escasez, entre ellas calamares fritos sin calamares, cardillos borriqueros a la madrileña y, la más meritoria de todas, tortilla de patatas sin huevo y sin patatas».
Porque como decía Bertol Brech: «entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre; entre los vencedores, el pueblo llano la pasó también»

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