El término maquis es un galicismo (es decir, procede del francés), pero su origen no debe restarle importancia a su significado, al igual que tampoco ocurre con otros galicismos como restaurante o garaje.
Los maquis fueron los guerrilleros franceses que lucharon contra la invasión nazi. Desde el punto de vista etimológico, significa «matorral o lugar poblado de matorrales» y por metonimia, «los hombres que se esconden en esos matorrales». Traducido al lenguaje popular son los que andan a salto de mata por el monte, una mezcla de huidos y guerrilleros, más de huidos para el caso de los jandeños y más de guerrilleros para el de los malagueños.
El Diccionario de la Real Academia Española define al maquis como la «persona que, huida a los montes, vive en rebeldía y oposición armada al sistema político establecido», definición utilizada por los historiadores y que más se aleja de las visiones maniqueas de unos y otros. Y que coincide con mi propósito: contar historias de personas, no de buenos ni de malos. Objetivo difícil, pero no imposible.
El concepto maquis nos viene muy bien para establecer la primera característica de estos hombres de la sierra, huidos y un tanto guerrilleros. Al maquis de Casas Viejas y al de España hay que situarlo en el contexto de movimiento de oposición y resistencia europea a las dictaduras de los años cuarenta. Son como los partisanos italianos o los maquis franceses, con la gran diferencia de que los movimientos de resistencia italianos y franceses ganaron la guerra, mientras que los españoles la perdieron, y como perdedores han pasado a la historia. Por eso los primeros son tratados como héroes, y los segundos, como bandoleros, malhechores, forajidos o villanos. Por tanto, y como primera conclusión, estamos ante luchadores antifranquistas perdedores. Ello es básico para entender el estado de la cuestión y la complejidad del tema, pero no la única causa. (En mi exposición también quiero incluir a la población, la cual, aunque quisiera, no pudo mantenerse neutral, y a los guardias civiles, a los que tampoco admito que se les califique como malhechores o villanos).
La segunda característica de estos maquis es exclusiva del caso español. No surgen durante el desarrollo de la guerra (aunque hubo casos de huidos, como el Tuerto Manguita, Julián Fuentes Luna, José Moreno Estudillo o Fernando Romero Vera, que lo hacen desde el mismo inicio de la contienda), sino que su desarrollo se produce como consecuencia de la conclusión de la Guerra Civil. Como se dice en Las bicicletas no son para el verano, tras la guerra no vino la paz, sino la victoria. Y la gestión tan dura, tan radical, tan represiva de esa victoria es la causa profunda de la aparición del maquis. A todos los maquis, a los de La Janda y a los malagueños, a los huidos y a los guerrilleros, a todos les une el miedo a las represalias franquistas por su oposición ideológica y vital al régimen. Como dice Jesús Núñez:
En este punto hay que significar que coexistió en el tiempo y en el espacio una verdadera delincuencia común, sin significación ideológica alguna, que materializó numerosos actos delictivos contra la vida y la propiedad pública y privada, haciéndose pasar incluso en muchas ocasiones por miembros del maquis para extorsionar económicamente a las gentes más pudientes, lo cual contribuyó a ser explotado adecuadamente en beneficio de la imagen global de «bandoleros» que tanto le interesó al aparato de propaganda franquista.
Sin embargo, los maquis que van a pasar por esta serie (Pedro Moya Paredes, Bernabé López Calle, Largo Mayo, el Rubio, Garnacha, José y Juan Fernández Cornejo, Cartucho, Potaje, etc.) se caracterizan por la inadaptación al nuevo orden franquista impuesto, que los excluyó de todos los ámbitos, sobre todo del laboral.
A estas personas, al haber destacado o haberse significado durante la Segunda República, los apartaron de las contrataciones o los puestos de trabajo, y pasaron a engrosar «unas tácitas listas negras» para los ajenos al régimen franquista; en su mayoría, jornaleros que habían tenido un protagonismo social y político en la Segunda República que el nuevo régimen no estaba dispuesto a tolerar.
La única opción era el exilio; el exterior o el interior. Hubo quienes, habiendo sido izquierdistas en la República, se adaptaron a la nueva España de Franco y se convirtieron en adalides y hombres fuertes del franquismo en el pueblo. Y también los hubo que optaron por la emigración, como José Suárez, Juan Sopas o Antonio Durán. En cuanto a los que decidieron quedarse, tuvieron que optar por la economía depredadora tradicional o el contrabando y el estraperlo a pequeña escala para subsistir. De ahí a la pequeña delincuencia de subsistencia había un pequeño paso, como dice Francisco Moreno Gómez, «convirtiéndose en atracadores marginales y en la sierra».
Este tipo de huido al monte, por exclusión social, política y laboral, es el que va a pulular por esta serie de posts sobre los maquis. El inicio casi siempre era el mismo, a principios de los años cuarenta, de día, hacían vida normal en el pueblo y, de noche, salían a atracar cortijos en busca de comida. A esto se le unía su significación política anterior, por lo que la persecución era más intensiva. La huida al monte y la incorporación a partidas de guerrilleros fue otro paso lógico más en esta inercia hacia la derrota total.
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