Lo que pretendo hacer en esta serie de los pasodobles del Santo es coger uno y destriparlo, analizarlo, partirlo, darle la vuelta… para conseguir entenderlo mejor. Y si el milagro ocurre, entonces gustará más si cabe.
El pasodoble de hoy es, en mi opinión, una de las composiciones más redondas, logradas y representativas del autor; de una de sus mejores agrupaciones, por no decir la mejor: El Ventorrillo (1997). De hecho, ese paseo por el pueblo, desde la sierra, ha sido repetido varias veces por él y por otros autores carnavalescos benalupenses.
Para entender mejor este piropo creo que hay que saber que, aunque el acercamiento del Santo al mundo del carnaval empezó en el Seminario en los años 1965-1966, este se consolidó en La Colmena escuchando a Paco Alba, Antonio Martín y, sobre todo, Pedro Romero, y comprando cientos de cintas de todas las que vendía El Melli. Es Pedro Romero el autor que más le gusta al Santo y el que está, de alguna forma, detrás de este piropo sensual y lírico al pueblo.
Otra cosa que hay que saber es que en su segunda etapa como concejal del Ayuntamiento se especializó en la búsqueda de un futuro económico para un pueblo que estaba empezando a ser independiente. El proyecto Benalup 2000, del que era el alma, se basaba en la explotación y puesta en valor de los recursos naturales y endógenos, y en el que el turismo sostenible jugaba un papel importante.
En este piropo aparecen las cuevas del Tajo de las Figuras, el río Barbate, la laguna de La Janda, el Chorro Grande, el mirador del Parque Natural de Los Alcornocales (uno de sus grandes proyectos), etc.
En cuanto al viaje en sí que es el piropo, los duendes comienzan en la sierra (uno de los grandes recursos del pueblo; de allí proviene su familia y allí pasaba los veranos de pequeño), entran en el pueblo por el centro histórico (hay menciones a la Alameda, la iglesia y la calle San Juan) y visitan distintos barrios: el Cañuelo, San Agustín, Paternilla, la Grulla Negra (con mención a la plaza Gutiérrez Mellado, nombre que tan poco le gusta según confiesa en otro pasodoble) y «el barrio de albañiles que inspiró Santo Domingo», poética e inteligente forma de explicar que este barrio lo hicieron los albañiles, ayudándose unos a otros el día que tenían libre, el domingo (en el año 2010, con Carretera y manta, se extendería sobre esa idea). Los duendes terminan su recorrido en el Tajo, el barrio más popular y flamenco del pueblo.
Y al igual que pasa con las cosas grandiosas, lo mejor es el final. Como en el flamenco, el remate consiste en acelerar el tiempo y el tono de la narración, recurso también conocido como macho o cambio. Es lo que tanto le gusta hacer al Santo en sus finales, con un sentido claro de conclusión, de mensaje final: «Se van los duendes contentos / del arte, gracia y color / con que embrujan a mi pueblo».
