Estoy convencido de que los sucesos de Casas Viejas forman parte de los distintos avatares de  una guerra que empezó en la primera mitad del siglo XIX, con la creación de una población estable y continua hasta la actualidad.
Para comprenderlos mejor hay que cerrar el tema de las culpabilidades, olvidarse de las distintas conspiraciones que se han presentado para explicarlos (que si fue una confabulación de la derecha y los anarquista para derrocar a la Segunda República con la versión local del papel de Juan Sopas como personaje clave de ello o que si fue una maniobra para romper la hegomonía de la CNT sobre la UGT en la zona) y centrarse en los antecedentes y consecuentes. Ya lo dejo escrito Sender en 1952 en El verdugo afable (“de aquellos hechos no era culpable un oficial de la Guardia Civil, ni un ministro, ni un gobierno. De hechos como aquéllos era culpable la humanidad entera”). 




Al hilo de este enfoque también se desecha la interpretación que triunfó durante mucho tiempo en el pueblo sobre que los sucesos habían sido un incidente casual provocado por unos “locos” ignorantes. Al estudiar la relación de la formación del pueblo con la desamortización, la aparición del latifundismo clásico, la derrota que significaron los repartos y las subastas de los bienes desamortizados nos percatamos que Casas Viejas es un ejemplo típico de las consecuencias del problema agrario. Pero no todo el mundo sufre las consecuencias de este problema agrario de la misma forma. El dualismo social es tremendo. Una minoría vive en condiciones privilegiadas a costa y en contraste de una mayoría que lo hace en condiciones muy adversas y paupérrimas. El abismo entre ambas capas de la sociedad es tan amplio que ayudan a explicar fenómenos como el caciquismo, la preponderancia del anarquismo como ideología de los jornaleros, la radicalización y en enfrentamiento entre las distintas posiciones  o la abundante conflictividad social. En estas circunstancias especiales la llegada de la Segunda República significó un gran encanto y un gran desencanto posterior que explican en parte los sucesos del 11 de enero, en un contexto de violencia, de dificultad, de enfrentamientos viscerales  que se acentúan en un lugar como Casas Viejas, subdesarrollado, marginado, dependiente, polarizado… Además la tensión que se vivía durante las llamadas calamidades o “caridad en desgracia”, las frecuentes huelgas con motivo de la campaña de la siega, las protestas sobre el destajo y los forasteros o sopacas, los incendios en los campos y los diversos conatos revolucionarios, los enfrentamientos entre clases sociales (propietarios y jornaleros), sindicatos (UGT y CNT), partidos políticos (socialistas y radicales) y otros factores dejan claro que más que una explicación casual los sucesos la requieren causal y necesitan una perspectiva local para entenderlos, cuestión que hasta la fecha no se había hecho con la profundidad histórica necesaria. Juan José Téllez lo escribió taxativamente «Aquellos hechos fueron tan terribles como inevitables. Toda la historia española esgrimía una antorcha frente a la choza del Seisdedos. Aquellos terribles días de enero no fueron una causa, sino una consecuencia, la desembocadura de un mal sino».




La declaración del comunismo libertario y la consiguiente represión y escarmiento que le siguió es la derrota de una pugna que había empezado en la primera mitad del siglo XIX con los repartimientos y las subastas de tierras. También significa una victoria para aquellos cuyos familiares con la desamortización se habían apropiado de los bienes comunales que antes usufructuaban todos y ahora pasan a ser propiedad de una minoría. Pero esta contienda no termina el 11 de enero, sino que continua hasta la actualidad. Aunque ha habido algunos eventos muy significativos y positivos (la inauguración en 2015 del ECCV, cuatro obras de teatro, varios libros sobre el tema…) el tema de los sucesos sigue sin cerrarse. 



La palabra contradicción es la que mejor define todo lo relacionado con estos hechos. Debido al ninguneo tradicional hacia las víctimas de Casas Viejas  y a la manipulación política y mediática donde cada uno ha querido utilizar el pasado para defender sus intereses de ese momento los sucesos de Casas Viejas  han sido y son tan trascendentes y conocidos en la historia contemporánea española. De tal forma que si deambulas por ella siempre te topas con estos sucesos, como tragedia de la Segunda República, como antecedente o causa de la Guerra Civil, como ejemplo de manipulación del pasado en el franquismo o como movimiento precursor de la recuperación de la memoria histórica en la transición democrática. No es menos contradictorio que bajo un gobierno republicano-socialista, el más progresista que ha habido en la historia de España, fueran asesinadas 28 personas, las cuales la mayoría quería acabar con un poder económico y político que las tenía aplastadas. 






Un poder que reacciona de la forma más dura posible ante ese intento y que a modo de escarmiento no solo mata, mete en la cárcel o reprime, sino también que se encarga de manipular lo ocurrido, controlando el pasado para dominar el presente y el futuro. Así los sucesos de Casas Viejas son un claro ejemplo de las incoherencias y contradicciones de la Segunda República. Pero también de lo que es capaz de hacer el poder para perpetuarse, como lo hizo en la Guerra Civil, el franquismo o lo está haciendo hora en este periodo democrático.  Paradójico resulta también que en el pueblo  por un lado tras los sucesos la represión fue tan dura que casi consiguió enterrarlos en el olvido y por otro en el exterior menudearon las campañas de caridad, la manipulación política y mediática estando siempre presentes en la escena pública hasta la actualidad. De tal forma que en el pueblo un sector mayoritario siempre ha querido no recordar estos hechos, aunque era consciente de que era imposible olvidarlos.


Las ilustraciones son de Fran Valdés

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