¿Qué le puede mover a una niña de diez años jugar al parchís? Hoy sería por pura distracción, porque yo no sé que tiene este juego de mesa que los niños se pirran por jugar y, la mayoría, acaban enfadados y llorando cuando ven que sus fichas vuelven a estar en el punto de partida, en su casa. Pero allá por el año 1947, en Benalup-Casasviejas, mi madre tenía otros propósitos con este juego. 





A la caída de la tarde se bajaba al pueblo y entraba en un patio en el que había varias casas. Ella, con diez años, patilarga, blanca y muy rubia se sentaba en un poyete esperando a que su hermana, que tenía pocos años más que ella, saliera de trabajar. Eran dos hermanas que, si no fuera por la poca diferencia de edad, pasarían por gemelas. Iguales hasta en los andares. 




A veces se bajaba más temprano y, mientras estaba esperando, otra familia la observaba. Era Chana Pérez, que a esas horas de la tarde jugaba con sus hijas al parchís en su casa. Un día la llamaron y le invitaron a jugar. Cuando ganó unas perrillas se levantó de la silla y dijo: “Me tengo que ir a casa de mi abuela”, y salió corriendo, olvidándose de esperar a su hermana. Subió la cuesta pedregosa que le llevaba a su hogar, la humilde choza de paredes y techo de castañuela en donde vivía con su abuela materna Caridad. Cuando la tuvo enfrente le abrió la mano y le colocó las monedas.



 

En los días siguientes bajaba antes. Eso de jugar al parchís le gustó. Cuando ganaba alguna perrilla ocurría lo mismo: “Me tengo que ir a casa de mi abuela”, y Chana y sus hijas, que ya sabían lo que iba a ocurrir, soltaban una carcajada. Yo creo que se dejaban perder para ver y sentir la lección de amor que les daba una niña de tan solo diez años: “Me tengo que ir a casa de mi abuela”. 



El otro día, cuando me lo contaba, me decía: “¿tú sabes las cosas que podía comprar mi abuela con una perra chica?”. 

En los años 40 hubo mucha necesidad en España, pero entre la pobreza también se abría paso la solidaridad.

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