Además de la alberca, la huerta de Ricardín es célebre por los antológicos guisos que allí se celebraban. Casi todos los días había una celebración gastronómica en la huerta. Me dicen: “Ricardito tenía muchas cualidades; era un matarife y las matanza en su huerta eran de lujo. ¡Como lo preparaba todo y siempre con las mismas personas! Su mujer Isabel Mena y Juana y Manuela Vidal, que eran las que picaban la carne. Allí se hacían las morcillas, las longanizas, los chorizos, las mantecas, todo del cera. También era un buen cazador y pescador. Sus amigos más íntimos eran Rafael el Herrero y Joaquín Clavijo». que no se jubiló no almorzó en su casa, siempre comía a medio día en su huerta. Ricardito tenía mucha influencia con mandos militares de Tarifa, a los que les vendía boniatos. Estas relaciones comerciales se convirtieron en personales y eran muchas veces las que venían a su huerta a comer. Lo llamaban y él se ponía y hacía una comilona, porque era fuera de serie los guisos que hacía. O bien mataba unas cuantas gallinas o pavo o una cabra o un par de chivos, lo que tuviera en ese momento. Un día llamaron los militares y el no tenía nada. Siempre venían con el capitán Bascuñana y aquel día se colaron de sopetón y le dijo a Bascuñana que se los llevara dos horas a los de Chichorro, mientras él preparará algo. Volvieron al rato y aquello olí a gloria bendita, a arroz con conejo… Pues no eran conejos, eran cuatro gatos con arroz, eso lo contó el mismo a los comensales y dijeron que en su vida se habían comido un arroz tan delicioso…”






